Persistencias y cambios en la participación laboral en el Estado de México durante el periodo 2000-2012

 

Continuities and changes in labor participation in the State of Mexico during 2000-2012 period

 

Luz María Salazar Cruz y Patricia Román Reyes

 

El Colegio Mexiquense/Universidad Autónoma del Estado de México

 

Artículo recibido el 25 de octubre de 2013
aprobado el 26 de octubre de 2014.

 

Resumen

En el Estado de México, entre 2000 y 2010, se observan algunas diferencias en las características de la participación laboral de hombres y mujeres, fundamentalmente cambios en el sector económico, en la ocupación y en la región. Teniendo en cuenta que la tasa general de ocupación en el Estado de México mostró su mayor capacidad de absorción de mano de obra durante los años 2000 (96.7) y 2002 (97.3) y la menor hacia el final del periodo (2009: 92.6 y 2010: 93.2 ENOE, 2009 y 2010), interesa analizar cómo han participado diferencialmente hombres y mujeres, y cómo varía dicha participación en las relaciones considerando como dimensiones centrales del análisis el nivel de ingresos, la ocupación, el sector, la edad, el estado civil y por supuesto la perspectiva de género. Además, interesa observar cómo se comportan estos cambios en las diferentes regiones del estado (16 regiones, según la regionalización del gobierno del estado), considerando que una parte de éstas (58 municipios de cinco regiones) están conurbados con el Distrito Federal. La consolidación ocupacional de los municipios conurbados y no conurbados, en referencia a los dos años censales considerados aportan algunas particularidades en los mercados laborales locales que vale la pena identificar y analizar.

Palabras clave: Sector económico; mercado laboral; regionalización, género; ocupación; condiciones de trabajo.

 

Abstract

In the State of Mexico, between 2000 and 2010, there are some differences in the characteristics of labor force participation of men and women: changes in the economic sector, in employment and in the region. Given that the overall rate of employment in the State of Mexico showed its best during 2000 (96.7), and 2002 (97.3), and lowest at the end of the period (2009: 92.6 and 2010: 93.2 ENOE, 2009 and 2010), we want to analyze how they differentially involved men and women, and how does such participation in relations between: income, occupation, industry, age, marital status and employment course from a gender perspective. We are also interested to see how these changes behave in different regions of the State (16 regions, according to the regionalization of the state government), considering that some of these (58 municipalities in five regions) are conurbation with the Federal District. Occupational Consolidation neighboring municipalities and conurbations, referring to the two census years considered we provide some peculiarities in local labor markets, it is worth identifying and analyzing.

Key words: Economic sector; labor market; regionalization; gender; occupation; working conditions.

 

Introducción

El interés por conocer y entender en qué sectores y de qué forma se han dado en la última década las principales transformaciones de los mercados laborales del Estado de México fue el detonante para la elaboración de esta propuesta. A ese interés se sumó la necesidad de ubicar los espacios donde persisten características en el funcionamiento de estos mercados. De este modo surge la motivación para el desarrollo de un documento que permita acrecentar la discusión sobre la información disponible para la entidad en materia laboral y específicamente que ubique como eje estructurador el papel del género en la configuración del trabajo.

En el Estado de México, entre 2000 y 2010 se observan algunas diferencias en las características de la participación laboral de hombres y mujeres: cambios en el sector económico de adscripción de los puestos de trabajo, en la ocupación y en la región. Teniendo en cuenta que la tasa general de ocupación en el Estado de México mostró su mayor capacidad durante los años 2000 (96.7) y 2002 (97.3) y la menor hacia el final del periodo (2009: 92.6 y 2010: 93.2 ENOE, 2009 y 2010),1 interesa analizar cómo han participado diferencialmente hombres y mujeres y cómo varía dicha participación en las relaciones entre ingresos, ocupación, sector, edad, estado civil y por supuesto el empleo desde la perspectiva de género. Además, es importante observar cómo se manifiestan estos cambios en las diferentes regiones del estado (16, según la regionalización del gobierno del estado), considerando que una parte de éstas (58 municipios de cinco regiones) están conurbadas con el Distrito Federal. La consolidación ocupacional de los municipios conurbados y no conurbados, en referencia a los dos años censales considerados aportan algunas particularidades en los mercados laborales locales que vale la pena identificar y analizar. Contando con estos antecedentes el objetivo del documento es analizar y discutir las características del mercado laboral mexiquense en la década de 2000 a 2010, enfatizando el análisis en el papel que las mujeres han tenido en la integración, en las características de funcionamiento y en la dinámica del mercado de trabajo mexiquense.

La propuesta estructura este interés articulando una resumida discusión sobre la vinculación analítica entre las dos dimensiones centrales del trabajo, la ocupación y el género, para luego presentar los principales datos acerca de la ocupación en el Estado de México en los diez años estudiados. El documento avanza analizando la distribución laboral en la entidad teniendo en cuenta para ello tanto la dimensión analítica del género como el sector de actividad económica. Finalmente se desarrollan algunos comentarios finales.

 

Ocupación y género

La dinámica del mercado de trabajo mexiquense se enmarca en un contexto de transformaciones en el que las cifras y la propia realidad evidencian que no se están creando empleos nuevos ni de calidad, ni tampoco se está reduciendo la pobreza2 mediante la generación de fuentes de trabajo dignas de acuerdo con el concepto propuesto por la Organización Internacional del Trabajo.3 Así, los casi 415 mil desempleados en el Estado de México en 2011 (ENOE, 2011, III trimestre INEGI) y los poco más de 425 mil de 2012 (ENOE, 2012, III trimestre INEGI), sólo representan la punta del iceberg del problema de déficit de trabajo ‘decente’, ya que un número 16 veces mayor de personas tienen empleo (aproximadamente 6 719 733 millones de mexiquenses integran la población económicamente activa en 2011 (ENOE, 2011, III trimestre INEGI), cifra que aumenta a 7 228 900 para el año 2013 (ENOE, 2013, II trimestre INEGI). Paralelo a esto, la tasa de desocupación de la entidad oscila en seis por ciento de la Población Económicamente Activa, lo que destaca al estado como uno de los que registra mayores tasas de desocupación a nivel nacional (5.6 por ciento, ENOE, 2011, III trimestre INEGI y 5.87 por ciento para el III trimestre de 2012 también de acuerdo con datos de la ENOE).

Hay múltiples factores que pueden explicar esta situación y sin querer simplificar la discusión que se ha dado durante por lo menos los últimos 25 años, se puede decir que ésta se agrupa en dos grandes ejes de análisis. Uno, es el eje vinculado con el tema de los cambios en las formas de producción, el otro, se relaciona con el hecho indiscutible de que ya sea por un proceso histórico heterogéneo o bien debido directamente a las formas de flexibilización del trabajo, actualmente coexisten contextos de gran heterogeneidad productiva y laboral, no sólo en la entidad sino en el país en su conjunto.

Teniendo como antecedente una estructura heterogénea y una reestructuración productiva que ya lleva aproximadamente veinticinco años, la realidad laboral tanto del país como de la entidad presenta un panorama en el que predominan los procesos de privatización, terciarización, informalidad, trabajo atípico y precarización de los trabajadores (De La Garza et al., 2011; De La Garza, 2011). Asociado a esto, una estrategia de crecimiento del empleo y desarrollo económico ha estado dirigida a engranarse en la economía internacional a través de competitividad en exportaciones, reducción de la intervención estatal e inversión internacional en diversos sectores y territorios, aspecto dirigido a favorecer y consolidar las dinámicas maquiladoras. Los resultados se vierten en la transformación de los mercados de trabajo, en las nuevas prácticas económicas, New World Order, y por supuesto llevan aparejadas transformaciones sociales heterogéneas según los grupos socio-laborales. Es así como los mercados de trabajo tradicionales y nuevos, en cada sector replican estas tendencias que segmentan y fracturan: la participación laboral, los vínculos de los trabajadores con los procesos mismos del trabajo, las modalidades de contratación, los horarios laborales, el conjunto de las remuneraciones vinculadas al salario y por supuesto la identidad laboral.

El género no es una variable intrascendente en el mundo del trabajo.4 Al contrario, la persistencia de su importancia transversal está demostrada en el tipo de ocupaciones, la participación sectorial, el lugar de trabajo, las percepciones, y derivado de ello, las diferenciaciones efectivas en la experiencia y trayectorias laborales (Rendón, 2008; Pacheco, 2004; García y Oliveira 2001, 1998, 1994a).

El género como categoría asociada con las representaciones e identidades sociales de los cuerpos sexuados (Scott, 2003) tiene implícitos presupuestos sobre la capacidad intelectual, la comprensión y entendimiento de las actividades y sus extensiones colectivas, la capacidad física, las formas y relaciones, en correspondencia a pertenencias históricas de clase y género (Scott, 2003; Faría y Norbe, 1997), además de otras competencias necesarias en contextos de productividad, negociaciones y mercados, que diferencian desfavorablemente a las mujeres frente a los hombres en los ámbitos laborales.

Esta segregación ocupacional por género es una importante causa de ineficiencia y rigidez en el mercado del trabajo. Comporta exclusión y discriminación, así como un desaprovechamiento de recursos humanos, puesto que en la práctica puede darse el caso de que, por razón de su género, se vean excluidas de una ocupación muchas de las personas más capacitadas y adecuadas para desempeñarla. Es, a todas luces, una importante rémora en la economía y afecta negativamente a la competitividad internacional de algunos países. La discriminación en el mercado del trabajo y la desigualdad entre hombres y mujeres tienen también graves efectos negativos sobre las futuras generaciones, puesto que las decisiones de los padres y de los propios jóvenes sobre la educación y la formación profesional de éstos se basan, en parte, en las oportunidades que ofrece el mercado del trabajo. La segregación ocupacional y la discriminación en el mercado del trabajo afectan negativamente a la cantidad y el tipo de educación y formación que reciben las niñas y las mujeres, lo cual, a su vez, contribuye a perpetuar las desigualdades entre los hombres y las mujeres tanto en el mercado del trabajo como en sus hogares. La segregación ocupacional por razón del género es en gran medida un problema de las mujeres, puesto que es más desventajosa para ellas que para los hombres. De entrada, las mujeres están empleadas en una gama de ocupaciones más restringida que la de los hombres. Más aún, las ocupaciones "femeninas" son, en general, menos atractivas, con tendencia a estar peor pagadas, menos consideradas y con menores posibilidades de progresar en ellas. Un ejemplo aludido con frecuencia a propósito del restringido marco en el que puede moverse la carrera profesional de las mujeres es el famoso "techo de cristal" que impide a las mujeres ocupar los altos cargos de dirección, tal como lo evidencia el hecho de que casi 90 por ciento de directivos, administradores de alto nivel y personas en puestos legislativos son hombres (OIT, 2012).

No obstante los esfuerzos en varios campos: analíticos, de políticas públicas, de organizaciones sociales, jurídicas, y transformaciones permanentes a nivel organizacional en los espacios de trabajo, esta visión ideológica-cultural de género, continúa implementando prácticas de subvaloración que tienen su correlato en la desigualdad ocupacional y salarial. Una muestra de esto fue anunciada por García y Oliveira (1994a), cuando analizando la crisis de la década de 1980, plantearon como efectos generales el descenso de la industria tradicional, la pérdida del empleo industrial, la expansión acelerada del sector terciario y la incorporación femenina a mercados de trabajo en condiciones desiguales.

La brecha de desigualdad laboral entre hombres y mujeres es un fenómeno persistente. Así, y a pesar de que la Declaratoria de la Ciudad de México producto del Seminario Familias en el siglo XXI: Realidades diversas y políticas públicas, llevado a cabo en el 2009, postula que urge reconocer la sobrecarga de trabajo de las mujeres que llevan a cabo ocupaciones remuneradas sin dejar de realizar tareas domésticas y de cuidado de personas, como un asunto de interés público y objeto de política pública (Sosa y Román, 2015), el reparto equitativo del trabajo doméstico familiar, y el equilibrio en actividades y remuneraciones en el trabajo extradoméstico, son aún realidades incomodas de nuestra sociedad.

Entre otros, los eventos arriba mencionados, evidenciaron algunos hechos importantes en la transformación de los mercados laborales y la participación por género como los desplazamientos sectoriales de fuerza de trabajo, de ocupaciones industriales a actividades terciarias, y la expansión de la diversidad de las actividades terciarias asociadas a la relevancia de las economías locales industriales y/o de servicios. En el caso de los hombres, se registran la pérdida gradual del empleo industrial, y su desplazamiento al terciario en economías de escala vinculadas mayoritariamente a la industria; en el caso de las mujeres, su incorporación al sector terciario en mayores condiciones de precariedad laboral que los hombres, en cuanto a oficios, salarios y regiones.

Es así como los trabajos por cuenta propia, el trabajo no asalariado, el autoempleo, las actividades informales de menor cuantía de capital, y aquellas productoras o reproductoras de bienes inferiores (Berger y Buvínic, 1988) han incorporado una parte de la oferta laboral femenina al trabajo extradoméstico, cuyas percepciones están dirigidas a la disminución de los costos asociados con la reproducción familiar, y/o, a la sobrevivencia en periodos de crisis, tales podrían ser las evidencias de la crisis de los 80 y luego de 1994 en México (García y Oliveira, 1994a). En virtud de que una rama puede definirse como femenina cuando las mujeres participan en ella en proporción superior o participan de manera sostenida al menos en un periodo de tiempo y dicha participación es superior a la de los hombres en la misma rama, se puede confirmar que las actividades terciarias y las modalidades de cuenta propia son predominantemente femeninas. En términos generales esta preeminencia de las mujeres no se refuerza al considerar las tasas de participación reportadas por la ENOE (2013); 70.3 la tasa masculina y 37.9 la tasa femenina, pero sí al considerar las tasas específicas por sector de actividad. Para los sectores, las tasas de actividad femenina son superiores a las masculinas en la industria (14.3 contra 7.6), el comercio (56 contra 24.2) y los servicios sociales (1.7 contra 0.6), según reporta la ENOE (2013).

Es ampliamente reconocido que muchas de las desigualdades que prevalecen entre mujeres y hombres se asocian con la histórica división del trabajo para el mercado y el trabajo doméstico o para la reproducción material de los hogares. La autonomía económica da la pauta a otros tipos de autonomía y empoderamiento para la toma de decisiones, tales como el libre ejercicio de la ciudadanía, la participación política y el pleno acceso al goce de los derechos humanos.

En este sentido la Organización Internacional del Trabajo (OIT) refuerza esta aseveración al enfatizar que el trabajo productivo y el reproductivo se han organizado históricamente sobre la base de rígidos y estereotipados roles de género que lenta y sistemáticamente han ido transformándose generando tensiones para las mujeres, pero también para la vida familiar. Desde la OIT el discurso preponderante sobre este tema es que "no es posible enfrentar la exclusión social, la desigualdad y la pobreza si no se aborda al mismo tiempo y con la misma energía la sobrecarga de trabajo de las mujeres y la falta de oportunidades ocupacionales para ellas" (OIT, 2009: 11). Así, es imprescindible considerar en esta discusión que la reproducción socio simbólica de las sociedades tiene en cuenta de forma preponderante las construcciones socioculturales de lo masculino y de lo femenino y con ello, la ideología de género, es decir, la naturalización de la división social del trabajo.

Las tendencias en la participación laboral femenina muestran un crecimiento sostenido y significativo durante los últimos 30 años. No obstante, la reorganización de los hogares y las políticas de conciliación no han evolucionado en la misma medida, y prueba de ella continúa siendo la amplia brecha existente entre estas tasas de participación.

A fines del siglo XX se registran varios hechos que impactan la estructura de los mercados de trabajo particularmente urbanos, como i) el incremento del trabajo independiente, con las consecuencias desfavorables en cuanto a bajas remuneraciones, sin ninguna prestación ni protección social. Es decir que el traslado del empleo, la reproducción, y la sobrevivencia, hacia la capacidad y competencia individuales, se valorarán como parte de su aporte al crecimiento, evolución y desarrollo social bajo el lente de las medidas de ajuste estructural. La reforma laboral en México (2012) se convierte en un recurso de legitimación para extremar las medidas de flexibilidad e irregularidad sin garantías para el trabajador. Es decir, se abre una ventana de ajuste para desregularizar los ámbitos contractuales, salariales y laborales, hecho considerado por algunos analistas como la pérdida social al trabajo protegido y la pérdida de los recursos legales laborales logrados antes de la reforma; ii) otro hecho trascendente en la estructura de mercados laborales es la modernización tecnológica del terciario, especialmente de los servicios empresariales, evento que conlleva superiores exigencias de calificación, actualización permanente y rendimientos paralelos a los recursos de las nuevas tecnologías, lo que ha revertido en una nueva edición de las competencias laborales, de los periodos de utilidad del trabajador y de los criterios de permanencia y estabilidad laboral. Sin duda este evento se suma a la pérdida social del trabajo protegido.

Analizar la situación laboral en esta última década nos obliga a realizar algunas precisiones metodológicas en cuanto a la información y sus fuentes antes de avanzar en el análisis y discusión de los datos. Los Censos develan información de corte no comparable exactamente: el XII Censo General de Población y Vivienda 2000, contiene la Clasificación Industrial de América del Norte (SCIAN 20005), en la cual, dicha clasificación y agrupación de la información se desagrega hasta el nivel de subsector de actividad económica; el censo contiene también la Clasificación Mexicana de Ocupaciones (CMO 2000), que agrupa ocupaciones en tres niveles de desagregación de actividades: grupo principal, subgrupo y grupo unitario (INEGI, Metodología Censo GPyV 2000). Esto permitirá observar algunos sectores agregados como comercio, manufacturas, actividades profesionales técnicas y científicas. Por su parte en el censo 2010 se utilizó la clasificación actualizada de SCIAN que en este caso contiene 240 clases de actividad. En función de que el análisis se restringe al Estado de México, quizá no se encuentre la totalidad de las actividades económicas, lo cual debe entenderse como una característica de los mercados de trabajo regionales de la entidad. Otra precisión muy importante que se debe remarcar es que el censo de 2000 considera a la Población Económicamente Activa (PEA) a partir de 14 años o más, mientras que el de 2010 la contabiliza a partir de los 12 años. Con estos elementos se presenta una información acotada al periodo de corte y con las debidas reservas y señalamientos en cada caso, se quieren mostrar al menos dos momentos durante la década que indiquen cambio o permanencia en la participación laboral de los trabajadores en el Estado de México. Los años 2011 y 2012, en tanto cifras anuales, representan el mantenimiento de tendencias y/o coyunturas de la estructura laboral en ese corto periodo.

 

La participación laboral de la década 2000-2010

El Estado de México inició la década de 2000 con 4 536 232 y la de 2010 con 5 903 778,6 de PEA, universos de las cuales 68.5 y 66.4 por ciento son hombres y 31.5 y 33.6 por ciento son mujeres, respectivamente. Estas cifras que en principio muestran una reducción en la participación de los hombres frente al incremento de las mujeres en la PEA ocupada, evidenciando una pérdida de aproximadamente tres puntos porcentuales en los hombres; no obstante esta disminución en la participación laboral masculina y/o ganancia en la femenina, persiste una relación desigual, de aproximadamente dos hombres ocupados por cada mujer (Cuadro 1).

En el periodo 2000 a 2010,7 en general la participación laboral de las mujeres creció hasta llegar a una relación aproximada de 1.2 mujeres por cada dos hombres, lo que muestra un aumento respecto del inicio del periodo que exhibía menos de una mujer por cada dos hombres.

Sin embargo la tasa de crecimiento por género muestra una caída general del empleo cuyos años más críticos van de 2005 a 2008 y una pérdida mayor del empleo en hombres que en mujeres de la entidad. Las explicaciones al respecto han puesto de manifiesto la desaceleración de la economía mexiquense entre 2001 y 2002 que registró una pérdida general de casi uno por ciento en el PIB; particularmente la industria manufacturera tuvo una reducción de siete por ciento en el PIB del estado entre 2000 y 2003,8 lo cual podría estar impactando a algunos grupos de ocupación y en particular a algunos sectores de población, entre ellos, el trabajo masculino (Cuadro 2).

Así, la OIT (2009) plantea que es importante advertir que esta segregación ocupacional por razón del género se está convirtiendo en una creciente preocupación también para los hombres. En los últimos años, en efecto, el crecimiento del empleo ha favorecido, en general, a las típicas ocupaciones "femeninas" (como las del sector de servicios), más que a las típicamente "masculinas" (como las del sector manufacturero).

Observando la participación general en cuanto a rangos de edad, entre 2000 y 2010 se observan algunas diferencias, pues en 2000 las edades de mayor ocupación en hombres y mujeres están entre los 20-29 años concentrando, la tercera parte de la PEA ocupada y luego de 30-39 años, rango en el que disminuye pero sigue siendo importante (aproximadamente 27 por ciento). El 2010 concentra entre 25 a 39 años un poco más de 42 por ciento, de la PEA ocupada y distribuye similarmente entre los rangos quinquenales contenidos a hombres y mujeres, siendo levemente mayor las mujeres.9 A partir de los 40 años, la ocupación cae progresivamente en ambos años censales, pero 2010 se mantiene por encima de las disminuciones presentadas en 2000. Como era de esperarse, el mayor descenso se presenta a partir de los 50 años, más en mujeres que en hombres.

Los rangos de 20 a 39 años son los que más acercan las proporciones de participación general entre hombres y mujeres, aunque el año 2000 capta más que 2010 en estas edades. Al mismo tiempo los rangos extremos son los que marcan la mayor diferencia, señalando que más mujeres que hombres empezarían y terminarían primero la trayectoria laboral en 2000 que en 2010. Al contrario, 2010 parece extender hacia edades más tardías la permanencia laboral extradoméstica. La participación etaria también está indicando que el rango de declive ocupacional (45-49 años) y posteriores, por género, es proporcionalmente menor en 2010 que en 2000, lo que sugiere que más población en edades medias y avanzadas, necesita permanecer laborando y percibiendo ingresos, hecho que puede ser coincidente con la pérdida de ocupación hacia los años 2009 y 2010.

En 200210 la mayor participación de las mujeres se dio entre los 30 y 49 años, mientras en los hombres mantienen su participación más importante entre 30 y los 59; para ambos grupos la tasa de ocupación es superior a 98 por ciento en estas edades. La menor participación para ambos ocurre entre 14 y 19 años. Entre 2005 y 201011 la mayor participación masculina y femenina se dio en los rangos de 30-49 años (Cuadros 3a, 3b, 3c).

A diferencia de los hombres, las mujeres que tenía 50 años o más se mantuvieron casi totalmente ocupadas, lo que puede sugerir una historia laboral que las mantiene en la actividad o que sus vínculos y redes laborales se consolidan en este periodo de modo que alargan su permanencia laboral y salarial; también podría indicar que en los rangos medios de mayor participación, se vincularon en un ciclo de vida medio en el cual los gastos de reproducción familiar requirieron la mayor cantidad de ingresos y el de las mujeres cobra importancia complementaria o total. Como se trata de una década de crisis, cambios y ajustes, la hipótesis de que en los periodos de mayor desocupación general12 las mujeres se vean compelidas a insertarse extradoméstica y remuneradamente para contrarrestar un retroceso en la economía doméstica (García y Oliveira 2004, 1994a), coincidiría con la desaceleración del empleo en los últimos años de la década (Cuadro 4).

Asociado a ello se observa que más de 50 por ciento de las mujeres trabajadoras se encontraron en el rango más bajo de la escala salarial, lo que sumado a los supuestos anteriores podría estar evidenciando la urgencia de su aporte en la reproducción personal y familiar.

En cuanto a la ocupación masculina y femenina agregada, según rama de actividad en 2000 y 2010, los datos más relevantes pueden observarse en los cuadros 5, 6a, 6b, 6c, 7, 8 y 9.

Los servicios, son el sector de actividad que más mujeres y hombres ocupa en el año 2000 y 2010, al mismo tiempo es el ámbito que más incrementa la participación de los hombres en el último año. El comercio registra una superior participación femenina en ambos años censales y es el grupo de actividades que más incrementa la ocupación femenina en 2010; en cuanto a las actividades de gobierno los hombres participan más que las mujeres, diferencia que se acentúa en 2010; en la agricultura, la participación masculina es muy superior a la femenina en ambos momentos, aunque ésta última crece en 2010. En el transporte, la participación femenina es prácticamente inexistente en 2000 y aunque se incrementa en 2010, no se puede inferir que se abre al empleo femenino, más bien se explicaría por la adición de correos y almacenamiento en este rubro. El transporte urbano y rural en México sigue siendo un nicho preferente y mayoritariamente masculino. En cuanto a los trabajadores de la educación, se observa una importante participación femenina de aproximadamente dos mujeres por cada hombre (el registro de servicios educativos muestra que en 2000 y 2010 los hombres tuvieron una participación aproximada de 35.6 y 34.6 por ciento y las mujeres de 64.4 y 65.3 por ciento respectivamente. INEGI 2000, 2010 Cuadros 10a, 10b, 10c).

Esto sugiere un mantenimiento o una tendencia de las actividades educativas como un nicho de ocupación femenina, en la que se destaca la educación básica, media y especial; también se registra una mejora de las mujeres en la educación superior hacia 2010.

Considerando la percepción de ingresos, aproximadamente 4.2 por ciento de hombres y 5.49 por ciento de mujeres, INEGI 2000 (Salazar, 2009: 63) y 4.9 y 6.2 por ciento, respectivamente para 2010, (INEGI, 2010); de los que reciben ingresos, se concentra en el rango de uno a dos Salarios Mínimos Mensuales (SMM), siendo este el único rango en el que la proporción de mujeres es superior a la de hombres (36.9 frente a 35.1 por ciento); en el rango de dos a tres SMM, se observa una significativa diferencia a favor de los hombres frente a las mujeres (21 frente a 14 por ciento, respectivamente); en el rango de 3.1 a cinco SMM hay una participación más cercana entre ambos (aproximadamente 15 frente a 13.2 por ciento, respectivamente). Puede decirse que a medida que aumenta el ingreso mensual, la proporción de hombres es mayor que la de las mujeres, destacando el rango más alto, más de diez SMM, que sólo perciben la mitad de las mujeres frente a los hombres (Cuadro 11).

El ingreso y salario son indicadores resultantes de la diferenciación y segregación ocupacional, que se ha visto muestran una remuneración desfavorable a las mujeres, las cuales compiten en similares condiciones de calificación y otras características, aspecto registrado en la estructura de los mercados de trabajo de la entidad y en los nacionales.

En cuanto al ingreso en general para el estado, en 2002, aproximadamente 54.6 por ciento de los hombres percibía entre uno y tres salarios mínimos, incluyendo los rangos de mayor aglomeración. Entre 2005 y 2010 estos mismos rangos de ingresos concentran en promedio 52.1 por ciento de los trabajadores hombres. Posiblemente estos quantums de ingresos obedecen a que hasta 2010 (segundo trimestre), aproximadamente 34.4 por ciento de los trabajadores, en promedio se ocupaban en la industria y trabajos artesanales, aunque es necesario observar que en 2009 y 2010 baja dicha participación en casi tres puntos porcentuales (INEGI/ENOE Segundo trimestre 2005 a 2010).

El comercio es la segunda actividad en que más se ocupan los hombres en este periodo (Cuadros 10a, 10b y 10c) (INEGI/ENE 2002, ENOE 2005-2010 segundo trimestre). En 2002 y entre 2005 y 2010 la menor ocupación masculina se registró en los trabajadores de la educación, frente a las mujeres (INEGI /ENE 2002, ENOE 2005-2010 segundo trimestre).

En cuanto a las mujeres ocupadas en los años 2002 y 2005 a 2010 en promedio, aproximadamente la tercera parte (31.34 por ciento) percibía entre uno y dos SMM; en promedio, la quinta parte percibió entre dos a tres SMM; en promedio 13.8 por ciento de las mujeres percibió entre tres a cinco SMM y 5.5 por ciento más de cinco SMM (Cuadros 12a y 12b). Todo esto indica que aproximadamente la mitad de las mujeres ocupadas estaba percibiendo los niveles más bajos de la remuneración salarial y que devienen de la mayor concentración como trabajadoras en comercio, servicios personales e industria. Vale la pena mencionar que las ocupaciones en que menos participan las mujeres son como conductores de maquinaria móvil y medios de transporte y como trabajadoras en servicios de vigilancia y fuerzas armadas (Cuadros 10a, 10b y 10c), (INEGI, ENE 2002, y ENOE 2005 a 2010 segundo trimestre). Por último, para el periodo 2005 a 2010 hay que destacar que en cuanto a la posición en la ocupación, en promedio 72 por ciento de hombres y 69 por ciento de mujeres son remunerados; y en promedio 65.5 por ciento de hombres y 36 por ciento mujeres son asalariados (INEGI, ENE 2002, y ENOE 2005 a 2010 segundo trimestre Cuadros 13a, 13b, 13c).

En cuanto a la desocupación en 2002 y entre 2005 y 2010, en los hombres se concentró en los extremos, es decir, de los 14 a 19 años y después de 65 años; en el caso de las mujeres, la mayor desocupación se registró entre los 14 y 29 años. La desocupación registrada en la población más joven podría indicar que esta población se estaba incorporando al mercado laboral y/o que se vinculaban a trabajos temporales y se encontraban desocupados al momento de la aplicación de las encuestas y/o que en esas edades aún eran población estudiantil y/o que iniciaban la vida reproductiva y conyugal, por lo que en el caso de las mujeres más que en los hombres, podría reducir su permanencia en la ocupación extradoméstica remunerada continua. En este punto hay que considerar que las mujeres en este grupo de edad, jóvenes, transitan más rápido a la adultez que los hombres, por lo que es más común que vean truncadas sus trayectorias laborales y educativas. A partir de un estudio con la muestra del Censo de 2010, Lobera (2014) reporta que de cada diez personas que no trabajan ni estudian de 15 a 29 años, ocho son mujeres y dos son hombres; en cambio las personas que solamente trabajan presentan una condición inversa donde aproximadamente de cada diez personas siete son hombres y tres son mujeres (Lobera, 2014).

 

Distribución laboral en el estado de México. Análisis regional

Con el objetivo de analizar la participación laboral en el Estado de México se ha considerado utilizar la regionalización del gobierno del Estado, que nos arroja para el periodo de análisis 16 regiones constituidas por 125 municipios.13

La relevancia de la regionalización para el análisis de la dinámica laboral, obedece al hecho de que:

El mercado opera en un contexto espacial determinado. Así, aunque puede hablarse de un mercado laboral a escala nacional, en los hechos éste se compone de una diversidad de mercados de trabajo de carácter local que, con fines analíticos, pueden considerarse de dimensiones regionales. En este caso, resulta evidente que los distintos mercados se comunican entre sí y provocan movimientos interregionales a través de corrientes migratorias, tanto en el interior de México como hacia otros países (Hernández, 2005: 36).

Regionalmente, los registros censales de 2000 y 201014 muestran algunos cambios: para el año 2000 más de la tercera parte de la PEA de hombres y mujeres estaba en las regiones de Ecatepec, Naucalpan, Nezahualcóyotl y Tlalnepantla, mientras que en 2010 esta misma proporción se concentraba en Ecatepec, Naucalpan y Toluca. La mayor concentración de PEA masculina se explica fundamentalmente por la actividad industrial en las primeras regiones; entre 25 y 30 por ciento aproximadamente, la PEA se concentró en Chimalhuacán y Tultitlán y las regiones que perdieron concentración en el segundo año fueron Tlalnepantla y Nezahualcóyotl. Entretanto, regiones como Amecameca, Atlacomulco, Cuautitlán Izcalli y Lerma han ganado concentración regional laboral de PEA en 2010 respecto a 2000 (Cuadros 14a y 14b). Al mismo tiempo, este registro sugiere un incremento de participación en todo el estado y más aún en las regiones en las que menos participación se exhibía respecto al 90, como es el caso de Texcoco y Zumpango. Según Sobrino e Ibarra (2008: 74-176) el registro censal de 2000 (y sumando el de 2010) refleja un cambio en la distribución territorial de la población a partir de dos eventos: i) su movilidad y conjunción de trabajo y residencia y ii) la integración de nuevos municipios a la Zona Metropolitana de la Ciudad de México (ZMCM) debido al fortalecimiento del proceso continuo de conurbación hacia municipios inmediatos a los ya incorporados,15 tal sería el caso de Zumpango, que reflejaba una situación más rezagada; por su parte, Lerma se fortalece con el proceso de conurbación y la dinámica metropolitana de Toluca y Metepec.

La región de Toluca tenía aproximadamente nueve por ciento del total de PEA en 2000 y aunque aumentó un punto en 2010, no logra la mayor concentración laboral que según los patrones de ciudad capital regional,16 debería tener por su carácter central político-administrativo. En este sentido, Toluca por razones históricas, ajenas al criterio del empleo concentrado, se mantiene como parte de las regiones medias de similar concentración relativa, por debajo de aquellas cuya concentración industrial se estructuró de manera dirigida17 como fue el caso de Ecatepec, Tlalnepantla, Nezahualcóyotl y Chimalhuacán, que siguen manteniéndose como centros industriales. También es importante señalar que mientras éstas últimas muestran al menos desaceleración relativa, las regiones menos concentradas históricamente exhiben mayor crecimiento (Cuadros 14a, 14b).

La retención regional de la población ocupada, es decir la relación entre la capacidad de los mercados de trabajo de ocupar laboralmente a la PEA, y la demanda de trabajos de los residentes en los territorios que conforman la región, se comporta de la siguiente manera:

Teniendo en cuenta las diferencias en distribución regional de la PEA ocupada y las desigualdades en la retención de la misma en cada región y/o municipio, la pregunta obligada es hacia dónde se dirige esta PEA que no es retenida y cuáles serían los indicadores que ayuden a comprender mejor la movilidad ocupacional en hombres y mujeres del Estado de México. Se utilizó un modelo de regresión logística, con el fin de evaluar las posibilidades de que mujeres y hombres se desplacen cotidianamente de su lugar de residencia para ir a trabajar a otra región o municipio, o a otros estados diferentes al Estado de México o hacia el Distrito Federal, que por su proximidad y capacidad de generación de puestos de trabajo, se ha manifestado como un destino preferente y competente para la población mexiquense.

La movilidad laboral femenina o masculina, variable por explicar, quedó dicotomizada en la salida o no del municipio de residencia; este dato nos ubica espacial y político-administrativamente en unidades territoriales más pequeñas como localidad y municipio, de donde se infiere la región. Se eligió entonces municipio y región en los que se reside en contraste con los que se labora, con el fin de analizar si hay movilidad por fuera del municipio, hacia dónde y si, según los destinos, se conforman mercados laborales regionales por género (Cuadro 17).

Antes de presentar los resultados, es necesario aclarar que para este ejercicio, se utilizó la información declarada en los censos sobre lugar de residencia y lugar de trabajo; se agrupó el dato de residencia según los criterios de: localidad urbana a aquellas entidades con más de 15 mil habitantes (aproximadamente 72 por ciento de la población del Estado de México vivían desde antes de 2000 en localidades de este tamaño de aglomeración).18

En cuanto a la actividad de comerciantes y trabajadores ambulantes, se pudo dicotomizar el comercio en formal e informal, asumiendo como trabajadores de comercio formal a aquellos y aquellas que trabajaban en establecimientos fijos. Finalmente y habiendo evaluado el comportamiento de los grupos quinquenales, se reagruparon en los rangos que presentan los modelos, de forma que no se distorsionara el comportamiento específico dentro del grupo quinquenal. Con estas aclaraciones, los resultados permiten afirmar que para los años 2000 y 2010, en el Estado de México:

A modo de conclusión, considerando todas las variables del modelo se puede decir que el salario es la única variable que presenta una tendencia creciente de mayor probabilidad de movilidad cotidiana; la edad en hombres y mujeres muestra un rango tope que concentra la mayor probabilidad de movilidad espacial laboral cotidiana (mujeres 23-30 y hombres 31-40 años), a partir del cual decrece la probabilidad significativamente; en cuanto a ocupación resalta que los trabajadores administrativos son los que más probabilidades tienen de salir. En general el salario y ciclo de vida son las variables que más definirían un patrón de movilidad espacial laboral.

Los datos presentados ponen de manifiesto la existencia de un contexto en el cual la recuperación del empleo sigue pendiente en la agenda del crecimiento económico, el escenario se complica más si se considera que un reto adicional es mejorar la calidad de los empleos que se generen. Evidentemente, el crecimiento moderado de los últimos años de la economía mexicana no ha sido suficiente para disminuir la tasa de desempleo.

La particularidad de esta situación para el Estado de México es que la presión del mercado de trabajo se ejerce no sólo por el crecimiento de la PEA ni por la insuficiencia en el crecimiento de la actividad económica, sino porque está expuesto a constantes flujos migratorios generados por su cercanía al Distrito Federal y por su carácter de entidad federativa con vocación industrial, que lo hace atractivo para los flujos migratorios que buscan empleo (Almonte, 2013).

 

Conclusiones

Si bien la estructura y funcionamiento de los mercados laborales tienen y/o dependen de un entramado nacional e internacional, las formas como se regula la participación de los trabajadores según las características sociodemográficas, el género y las tradiciones culturales laborales asociadas a la preferencia de género, las dinámicas locales de acumulación y las vocaciones económicas regionales según sus recursos, denuncian localmente la persistencia de un modelo heterogéneo que intenta adaptarse a las políticas cíclicas de la acumulación y de regulación de las modalidades emergentes del trabajo. Es decir, las particularidades regionales entran en tensión y/o en dinámicas adaptativas a los imperativos más globales, pero en la región y en lo local cobra sentido la cotidianidad laboral de la población que pugna por permanecer con empleo y salario o con percepciones permanentes.

Este supuesto es relevante en el análisis de la participación laboral regional, en particular del Estado de México, pues la entidad presenta una configuración heterogénea entre las diferentes regiones, y una heterogénea relación entre ocupaciones, sectores y participación de hombres y mujeres.

La participación laboral por género trasciende a la medición ocupacional por sexos, pues son los supuestos efectivos que hay en las correspondencias empíricas entre tipo de trabajo, lugar de trabajo, remuneraciones y sexo, lo que en efecto ayuda a inferir una persistente relación de desigualdad entre participación y contenido de la actividad preferente para hombres y mujeres a inicios del siglo XXI. La representatividad de las mujeres en la estructura ocupacional es una evidencia de las desigualdades económicas, de valoración política, social y cultural, de los grupos sociales que reproducen escenarios cotidianos, acentuando el locus de género casi como tradición. Las mujeres siguen participando en una relación de una mujer por casi dos hombres, con la tasa de participación nacional promedio a 2012 de aproximadamente 42 por ciento en mujeres frente a 75 por ciento en hombres. Las razones de esta diferencia, que aunque ha disminuido la brecha en la última década, se puede inferir en la permanencia de supuestos de segregación ocupacional que determinan desigualdades, principalmente en lo que se refiere a oficios, lugar de trabajo y salarios. Una manifestación relevante es la concentración del trabajo femenino extradoméstico en el sector servicios como: los servicios educativos, principalmente el magisterio; servicios personales, como enfermeras, empleadas domésticas y servicios personales (masajes, etc.); en gobierno como oficinistas; o en el comercio bajo las modalidades de cuenta propia, informalidad y temporadas (navideña, escolar, etc.). Se estima que en México hay aproximadamente 70 por ciento de mujeres incorporadas a los servicios, lo que hace que reafirmemos los supuestos de la feminización del terciario y heterogeneidad de participación entre sectores. Las explicaciones a esta concentración femenina se sostienen en: i) el desplazamiento cognitivo y experiencial de las actividades domésticas reproductivas, históricamente en las mujeres, hacia las labores extradomésticas remuneradas a cargo de las mismas; ii) en el tipo de educación familiar y social paralelo a los procesos de desarrollo social y los supuestos de género relativos; iii) las etapas de acumulación (economías extractivas y agrícolas, industrias y luego servicios) y las dinámicas paralelas que crearon una base económica social en la expansión de los servicios en la que las mujeres participaron como subsidiarias más que productoras del proceso económico; finalmente estos aspectos confluyen en, iv) el incremento de las demandas laborales por el crecimiento de la población y las etapas del crecimiento o recesión económica que han tenido en la industria la base del crecimiento, así las demandas, crecientes, se consideran un evento trascendente en la expansión de los servicios, bajo el supuesto del "proceso de encadenamiento entre producción y servicios".

Sin duda, otros presupuestos siguen actuando concomitantemente en los ámbitos de la ideología y la cultura, como los de la responsabilidad familiar y doméstica, que aunque tiene nexos con las decisiones económicas, son aún apoyadas en versiones biologicistas y otras doctrinas de género. El problema con éstos, no es el trabajo materno o de la mujer, sino la subvaloración de dicho trabajo sin remuneración y el desconocimiento político del valor social del trabajo reproductivo.

Estas persistencias o algunas de ellas, cobran mayor sentido cuando se trata de poblaciones y territorios que conjugan en sus mercados laborales dinámicas de organización que se han consolidado bajo imperativos heterogéneos, dirigidos y/o locales, configurando un sentido de la heterogeneidad regional. Es decir que en el Estado de México hubo políticas de Estado dirigidas a fomentar actividades económicas que hoy muestran mercados laborales regionales con tendencias derivadas de dichas intervenciones, paralelos a otras regiones que muestran su mantenimiento a partir de dinámicas históricas más locales y también rezagadas. Entre las políticas de Estado que dirigieron el impulso económico del área conurbada con el Distrito Federal se pueden recordar: i) la construcción del tramo México-Ecatepec (parte de la carretera México-Nuevo Laredo), ii) la desecación de la parte del lago de Texcoco; iii) la disposición presidencial de trasladar industria al municipio de Ecatepec y a los municipios aledaños; y iv) algunas disposiciones estatales de exención tributaria que generaron un punto de arranque de configuración heterogénea de municipios y localidades sobre lo que avanzaría el asentamiento de los mercados laborales relativos a la actividad secundaría, su efecto extensivo en las actividades terciarias y la formación heterogénea de una fuerza de trabajo que claramente obedeció a la demanda industrial y a las economías de escala que surgieron paralelas a las exigencias y consolidación de las primeras. Sin duda estos hechos dirigieron y fueron decisivos en la conformación y heterogeneidad de los mercados laborales que hoy muestran claras diferencias entre los mercados regionales de la entidad.

Ante un cuestionamiento sobre la defensa de los mercados laborales regionales frente a la imbricación de las economías nacional y global, se puede decir que en efecto, la validez de focalizar la mirada en mercados laborales regionales del Estado de México obedece a: i) que tiene un proceso histórico reciente y dirigido que favoreció la configuración de una región económica conurbada con el Distrito Federal (DF), como no ha sucedido con otras entidades limítrofes al DF; ii) que los procesos gestados en dichas dinámicas se han consolidado en cuanto a la formación de una fuerza laboral que permanece trabajando in situ, es decir que abastece de manera importante la demanda laboral local, formándose como un recurso o un activo laboral de la zona; iii) que la zona conurbada sigue sumando localidades y/o municipios a su territorio debido a sus dinámicas económicas, lo que sugiere hipotéticamente expansión y/o dinámicas propias; iv) que las regiones que no pertenecen al área de influencia conurbada tienen actividades, mercados, recursos y tradiciones que vinculan diferencialmente a sus poblaciones y en las cuales podemos observar diferencias y coincidencias entre todas las regiones de la entidad y que muestran cambios y persistencias laborales y su efecto en la vinculación por género; v) finalmente, se asume la delimitación de los mercados laborales locales a partir del establecimiento de regiones preestablecidas que tienen algunas características de ‘agregación de unidades’ en municipios y localidades, con funciones dinámicas históricas, económicas, sociales, político-administrativas y territoriales; por ello y con el fin de facilitar su estudio se utilizó la regionalización del Gobierno del Estado como un recurso heurístico para recuperar la reciente distribución y relación entre población, territorios y mercados laborales. En este esfuerzo, los rasgos más sobresalientes son que las regiones que logran una mayor proporción de ocupación, 2000 y 2010, se concentran en Ecatepec, Naucalpan, Nezahualcóyotl y Tlalnepanta; los municipios que logran mayor retención de su capacidad laboral son: Ixtapan de la Sal, Altlacomulco, Tejupilco, Valle de Bravo y Toluca. A excepción de Toluca, las otras son regiones con vocación mayoritariamente agropecuaria; las regiones más urbanas del Estado de México como Ecatepec, Naucalpan, Nezahualcóyotl, Tlalnepantla y Toluca, son las que tienen mayor concentración de profesionistas y técnicos, trabajadores administrativos, de la industria y de los comercios (formal e informal).

 

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Notas

1 Cercanas a la tasa nacional de ocupación: en 2000 (97.4); y 2002 (97.1) ENE con información homologada a la ENOE. Al final del periodo estuvieron por debajo de la nacional que en 2009 (94.8) segundo trimestre, ENOE y en 2010 (94.7) primer trimestre ENOE/INEGI, registraron tasas superiores.

2 Según el método de pobreza multidimensional de CONEVAL, en el Estado de México la pobreza general disminuyó entre 2008 y 2010 (43.7 y 42.9 por ciento, respectivamente), pero si se observa a la población con ingreso inferior a la línea de bienestar, se aprecia que que se incrementó en casi un punto (de 47.7 a 48.4 por ciento) y según la población con ingreso inferior a la línea de bienestar mínimo, aumentó significativamente (de 11.2 a 14.4 por ciento, respectivamente) (CONEVAL 2008 Y 2010). Esto indica que las dos líneas mas extremas están impactadas por la insuficiencia de ingresos, lo que se relacionaría directamente con las percepciones y las fuentes de dichas percepciones a nivel laboral.

3 El trabajo digno es el trabajo de calidad en condiciones de libertad y equidad, en el cual los derechos laborales de los trabajadores son protegidos desde la esfera estatal. Es el trabajo que tiene además todas las prestaciones establecidas por la ley. http://www.mesadeconcertacion.org.pe/documentos/general/gen_01043.pdf (Fecha de consulta: agosto de 2013).

4 Por supuesto que nos acogemos a visión histórica y cultural en la formación de género de hombres y mujeres. Su locus laboral se experimenta concretamente en función del tiempo, sector socioeconómico, saberes y mercados de trabajo, que enmarcan en forma precisa los círculos y las opciones laborales, por lo menos en sus inicios.

5 Por las características metodológicas del censo, se clasifica la información hasta el nivel de subsector de actividad; en rama de actividades, cuatro sectores de la SCIAN México, se agruparon en dos: el comercio contiene las desagregaciones de al por mayor y al por menor; y, los servicios profesionales, científicos y técnicos, agrupan los servicios de corporativos y empresas.

6 INEGI. Muestra Censo General de Población y Vivienda 2000. Muestra Censo de Población y Vivienda 2010. La PEA se contabilizó a partir de los 14 años en 2000, y de los 12 en 2010.

7 En esta parte hemos utilizado INEGI Encuesta Nacional de Empleo 2000 y 2002, y Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo 2005, 2006, 2007 y 2008. Trimestre abril-junio. Esta información viene agregada para el estado en conjunto y no diferencia los datos municipales o regionales.

8 INEGI, Banco de información económica PIB a precios constantes de 1993, en http: //www.inegi.org.mx/sistremas/bie/. Consultado 3 agosto de 2008.

9 En 2010, la participación femenina es mayor en estos rangos en 0.5 y un punto porcentual, tendencia ya presentada en 2000, pero con menor diferencia.

10 INEGI, 2002, Encuesta Nacional de Empleo. México.

11 ENOE 2005 Trimestre abril-junio. (Consulta en oct. a COESPO, 2007).

12 En los años 2005 y 2007 se registró la mayor desocupación en hombres. En general para el segundo trimestre, abril-junio, se observan las siguientes tasas de desocupación para el Estado de México: año 2000: 3.5; año 2002 se registró 3.78; año 2004 fue de: 5.43; año 2005 se incrementó a 5.75; año 2006 descendió a 4.65; año 2007 fue de 5.19; y año 2008 bajó a 4.68. INEGI Series unificadas con criterios de la ENOE Tasa de desocupación trimestral de 2000 a 2008 ENOE Series unificadas con criterios del ENOE tasa de desocupación. Disponible en www.inegi.gob.com

13 Salazar (2009: 62-82). Las 16 regiones actuales son: I Amecameca, II Atlacomulco, III Chimalhuacán, IV Cuautitlán Izcalli, V Ecatepec, VI Ixtapan de la Sal, VII Lerma, VIII Naucalpan, IX Nezahualcóyotl, X Tejupilco, XI Texcoco, XII Tlalnepantla, XIII Toluca, XIV Tultitlán, XV Valle de Bravo, XVI Zumpango.

14 INEGI (2000) XII Censo General de Población y Vivienda, Estado de México.

15 Larralde Adriana (2010) Salazar e Ibarra (2006a) incluyen 58 municipios incorporados al ZMCM, según movilidad por ocupación entre unidades político-administrativas; para 2008 incluyen 59 municipios en tanto que se acogen a lo establecido INEGI, SEDESOL, CONAPO y Hábitat. Los municipios conurbados se encuentran en las regiones de Amecameca, Cuautitlán Izcalli, Chimalhuacán, Ecatepec, Naucalpan, Nezahualcóyotl, Texcoco, Tlalnepantla, Tultitlán y Zumpango.

16 Weber (1909) citado en ISARD (1960), plantea que la localización industrial está en función de la distancia al mercado y a la materias primas, lo cual no necesariamente coincide con un asentamiento urbano. Esto lleva a considerar que la industria puede tener un patrón de localización diferente al de otras actividades económicas que le siguen al mercado, como el comercio y los servicios; pero por otro lado, la consolidación de un sector industrial puede enlazar y consolidar actividades económicas del sector terciario y el consecuente asentamiento urbano, lo que puede explicarse mediante el modelo de base económica (Polese, 1998); Nava (2009: 252) afirma que en el caso del AMCM las zonas especializadas en personal ocupado por manufactura y otras ramas de la industria, se localizan principalmente hacia el norte y que corresponden a las regiones de Naucalpan, Tlalnepantla, Tultitlán y Ecatepec las mismas a las que se refiere este artículo.

17 Tal es el caso de Ecatepec, Tlalnepantla, Texcoco y otros municipios aledaños, en tanto que eventos como i) la construcción del tramo México-Ecatepec (parte de la carretera México-Nuevo Laredo), ii) la desecación de la parte del lago de Texcoco, iii) la disposición presidencial de trasladar industria al Municipio de Ecatepec y a los municipios vecinos y iv) otras disposiciones estatales de exención tributaria, derivaron en el traslado progresivo de la industria a la zona e iniciaron una configuración heterogénea de municipios y localidades sobre lo que avanzaría el asentamiento de los mercados laborales relativos a la actividad secundaría, su efecto extensivo en las actividades terciarias. Esta configuración heterogénea se consolidará e impondrá diferencias económicas, laborales y urbanas persistentes entre las regiones del Estado de México.

18 Cerca de 15 por ciento de la población de la entidad residía en localidades mixtas de entre 15 mil y 2 500 habitantes y 13 por ciento en asentamientos rurales de menos de 2 499 pobladores, todo lo cual, muestra una marcada tendencia a concentración de la población en general y de la PEA, en zonas urbanas. Esto cobra más fuerza, si se considera que del total de PEA del Estado de México, la PEA rural es de aproximadamente 6.8 por ciento en hombres y 6.48 por ciento en mujeres (INEGI, 2000).

 

Información sobre las autoras

Luz María Salazar Cruz. Doctora en Ciencias Sociales con especialidad en Sociología por El Colegio de México; Maestra en Ciencias Sociales con especialidad en Sociología por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales FLACSO México, especialización en Historia Regional y Licenciatura en Antropología, Universidad del Cauca Colombia. Profesora-Investigadora de El Colegio Mexiquense desde 2006 y Profesora-Investigadora en Universidad del Cauca y otras universidades en Colombia 1987-2006. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores. Autora de dos libros, varios capítulos y artículos y ponente en eventos académicos nacionales e internacionales. Sus temas de investigación actuales son trabajo y género en el Estado de México, violencia de género en comunidades indígenas del Estado de México y desplazamiento interno forzado en México. Dirección electrónica: lmsalazar@gmail.com

Patricia Román Reyes. Licenciada en Trabajo Social por la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de la República de Uruguay. Maestra en Estudios de Población por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (sede México). Doctora en Estudios de Población por El Colegio de México. Desde el año 2007 se desempeña como profesora investigadora de Tiempo Completo del Centro de Investigación y Estudios Avanzados de la Población, Universidad Autónoma del Estado de México (UAEM). Miembro del Sistema Nacional de Investigadores del CONACYT y Perfil deseable de PROMEP. Docente en programas de licenciatura y maestría de la UAEM, en la Facultad de Ciencias Sociales y Políticas de la UNAM y en El Colegio Mexiquense. Sus líneas de investigación son el mercado de trabajo, la dinámica, composición y estructura de las familias y los hogares, la migración y su impacto en los hogares y condiciones de vida. Actualmente desarrolla la investigación Perfil de las familias y los hogares en el Estado de México financiada por CONACYT. Ha publicado varios artículos y capítulos de libros. Dirección electrónica: promanreyes@yahoo.com.mx