DOI: http://dx.doi.org/10.22185/24487147.2024.119.03
Geografía cultural y gerontología: re-vivir el lugar
Cultural geography and gerontology: place revival
Hugo Capella-Miternique
Universitat de les Illes Balears, España
Resumen
El objetivo de la investigación ha sido, en primer lugar, el reconocimiento de la importancia del medio como garante de la calidad de vida para la gente mayor. En segundo lugar, también ha evidenciado cómo el rico legado espacial vivido puede ser fuente de ansiedad y frustración en la gente mayor cuando debe adecuarse a un proceso de limitaciones físicas y psíquicas crecientes, en detrimento de la calidad de vida. Finalmente, se ha verificado como la lección del manejo del espacio vivido por la gente mayor, desde sus relatos de vida aporta una nueva perspectiva sobre el espacio de forma más integrada.
Palabras clave: Geografía cultural, Gerontología, espacio vivido, adaptación.
Abstract
The objective of the research has been, firstly, the recognition of the importance of the environment as a guarantor of quality of life for the elderly. Secondly, it has also shown how the rich spatial legacy lived can be a source of anxiety and frustration in the elderly when they have to adapt to a process of increasing physical and psychological limitations, to the detriment of the quality of life. Finally, it has been verified how the lesson of the management of the space lived by the elderly (in their life stories) brings a new perspective on space in a more integrated way.
Keywords: Cultural geography, Gerontology, lived space, adaptation.
Introducción: re-vivir el lugar
Una de las consecuencias estudiadas en demografía sobre las sociedades post-transicionales ha sido la consideración numérica del porcentaje cada vez más relevante de personas mayores (Requena y Reher, 2011), así como el aumento de la esperanza de vida (Carr y Komp, 2011) y su longevidad (García, 2015), sin valorar aún en su justa medida las consecuencias más cualitativas para nuestras sociedades (Rowles, 2001). En este sentido, en las últimas décadas el auge de la gerontología (Ferraro, 2013) ha dado lugar al desarrollo de visiones cada vez más amplias sobre una temática compleja, pero sin muchas veces vincularlo y considerar que también es uno de los aspectos sociales que configuran nuestras sociedades postmodernas, en un sentido transversal. El peso de la población mayor incide en la forma de entender el mundo y el espacio, de la misma manera que lo pueden hacer los flujos migratorios. No obstante, desde la geografía más humana y social no se le ha dado aún el protagonismo suficiente si consideramos que la población mayor representa en ciertas sociedades un porcentaje cada vez más relevante (Sánchez-González, 2005 y 2011).
No obstante, fenómenos sociales recientes ocurridos en la sociedad española, como la defensa de las pensiones en manifestaciones de jubilados, o la reivindicación “Soy mayor, no tonto” en pro de una atención digna ante los servicios cada vez más informatizados, permiten entender el rol cada vez mayor de esa parte de la población en la defensa de intereses no sólo propios sino transversales para toda la sociedad. Su carácter marginal dentro de la sociedad les ha dado justamente un lugar de reivindicación social mucho más eficaz que el de otros gremios tradicionales hoy totalmente desfasados. Desde esa perspectiva social, la relectura del rol de la población mayor permite revalorizar su lugar en procesos como la reclamación de las abuelas de la Plaza de Mayo en Argentina contra la dictadura y demuestra la validez de un proceso que ya viene desarrollándose desde hace décadas pero que sigue sorprendiéndonos al no ser considerado como central para nuestras sociedades.
En sociedades cada vez más envejecidas (Harper, 2019) se estableció inicialmente una aproximación más médica y técnica como respuesta inmediata a las nuevas necesidades, estableciendo los cimientos de una mirada externa desde el resto de la sociedad que participaría a la creación de ciertos mitos (Harper, 2014) que ahora hoy cuestan de revertir (Bernard, 2007), desde una mirada más plural y centrada desde las potencialidades de la propia persona mayor, antes subestimadas (Heinze, 2012). El interés científico sobre estas temáticas se ha desarrollado inicialmente en medicina o psicología desde un enfoque más técnico que derivó en la especialidad propia de la gerontología, con aproximaciones más variadas (Rose, 1964). La disciplina específica ha ido ampliando sus temáticas en un sentido más amplio reconsiderando entre otros, la relación de la teoría ambientalista respecto a la mejora de la calidad de vida de los mayores (Skinner, Andrews and Cutchin 2017), bastante al margen de temáticas afines a la disciplina geográfica.
El acercamiento de la geografía a la gerontología ha partido recientemente en algunas investigaciones ceñidas a la demografía (Andrews, Cutchin, McCraken, Phillisps and Wiles, 2007) y un análisis más cuantitativo (Alvarado, 2012), así como en temas vinculados a la propia gestión gerontológica en su dimensión espacial (Sánchez-González, 2011b), en función por ejemplo de las particularidades en el medio rural o urbano (Montoya, 2011). No obstante, los aportes desde la geografía han sido por ahora muy complementarios respecto de la gerontología establecida, sin considerar las contribuciones propias de la geografía desde una perspectiva transdisciplinar que podrían abrir nuevos debates más humanos y sociales desde una representación más cualitativa (Andrews, Evans and Wiles, 2013) y que enriquecerían a la gerontología. Así, por ejemplo, la investigación geográfica realizada sobre la significación individual y colectiva que adquiere el espacio para las sociedades, territorialidades (Di Méo, 2008) representa un preciado bagaje para el desarrollo de la gerontología, de igual forma que la proyección con los mayores representa también un campo de investigación potencial para la geografía.
El aún recién corpus de investigaciones sobre gerontología desde una perspectiva amplia en geografía humana y sobre todo desde la geografía cultural, a pesar de una rica tradición de la gerontología cultural (Lamb, 2015), desluce el potencial aporte en temáticas como la comprensión de las territorialidades, lugares cotidianos, espacios vividos o paisajes de memoria de la gente mayor, tanto en un sentido específico para el desarrollo transdisciplinar de la gerontología como aporte dentro del debate postcolonial actual para la geografía postmoderna (Andrews, Milligan, Phillips and Skinner, 2009).
En ese escenario en cambio queda aún por desarrollarse la vertiente más cultural de la gerontología. Al margen de los incipientes resultados desde la antropología gerontológica (de Holmes en 1976 a Depner en 2021), que han permitido incorporar los relatos de los mayores desde una perspectiva metodológica etnográfica (etno-gerontología), queda aún desde la geografía cultural mucho campo por indagar (Andrew, 2017), en lo que atañe específicamente desde el peso de la imagen del territorio, al manejo de los lugares respecto de la memoria, tanto a escala particular como colectiva, así como aprendizaje para toda la sociedad en general.
Dentro del marco académico de la geografía y la gerontología, la aproximación desde la geografía cultural permite enriquecer el debate y aporta desde la etno-gerontología una visión temporal y espacial más testimonial, pero a su vez con más matices y profundidad. El aporte de esta rica mirada innovadora permite evidenciar los procesos de construcción y en este caso más de adaptación de los espacios vividos de los mayores y contribuye en la redefinición conceptual en torno del medio y del lugar en nuestras sociedades contemporáneas.
El espacio representa una de las formas de plasmación del desarrollo del individuo en la interrelación como espacio cartesiano, geográfico, de vida y vivido y constituyéndose como una de las maneras de identificarnos a partir de las territorializaciones simbólicas (Di Méo, 1996). Representa una manifestación de liberación y su privación (encarcelamiento) simboliza el mayor castigo socialmente considerado (Rowles, 1978). El espacio es parte de nuestra existencia y su conocimiento se expresa en un aprendizaje y maduración, como bebé, niño y adulto. ¿Pero qué sucede con ese espacio construido cuando nos hacemos mayores? ¿Desaparece? ¿Se fosiliza? ¿Se convierte en refugio? Estas son algunas de las preguntas que en geografía aún no han encontrado mucha respuesta ante la falta de investigaciones específicas, al haber tradicionalmente priorizado la población activa o incluso la población infantil por delante de los mayores.
El poder del espacio en las criticadas teorías ambientalistas han sido reinterpretadas en las últimas décadas desde la gerontología médica, así como en torno a la normatividad social. No obstante, también debemos considerar sus limitaciones cuando incluimos en la ecuación el peso decreciente de la movilidad en la gente mayor, que obliga a un proceso interno de adecuación, no exento de frustraciones y ansiedades, muchas veces silenciado. El reconocimiento de este proceso crítico respecto al espacio ayudaría para la consideración de un acompañamiento psicosocial en el aprendizaje de ese nuevo acercamiento más simbólico al espacio (Harper and Laws, 1995).
Existe poca literatura e investigaciones realizadas sobre la comprensión del espacio entre las personas mayores, a pesar de aportar respuestas gracias al rico legado de los sujetos sobre muchos de los cuestionamientos que nos hacemos actualmente en nuestras sociedades postcoloniales y multiculturales (Chazan, 2020). La multiplicidad de construcciones espaciales simbólicas de la gente mayor muchas veces es eco de espacios desaparecidos pasados, encaja curiosamente en la complejidad del mundo complejo contemporáneo, al compartir un mundo más basado en la relevancia de los imaginarios múltiples que en las propias normas y racionalidad, aunque pocas veces interconectado desde el ámbito académico.
El espacio para los mayores (que llamaremos geronspace) pasa a convertirse, en primer lugar, en lo inmediato en un paisaje-refugio (que llamaremos geronscape) que preserva la calidad de vida, frente al miedo ante un espacio cambiado, ya no reconocible y en el que se ha perdido el vínculo de referencia. En segundo lugar, a una escala más genérica, el espacio se convierte para la gente mayor también en el garante de una libertad y de una autonomía que rima en ese caso sobre todo con la dignidad individual y colectiva, aunque opacada por el temor latente de su privación paulatina por causas físicas psíquicas, o sociales (normatividades sobre la reclusión) que aboquen a una dependencia (que llamaremos geron-scare).
Todo ello desemboca en una tercera y última dimensión del espacio de los mayores, entendido como una forma cosmogónica en su dimensión más simbólica (que llamaremos geronscope) y que tiene mucho que aportar para el resto de la sociedad. El geronscope representa la libertad del mundo de los imaginarios que se entremezcla con el de los sueños, como sucede en otras cosmogonías culturales como las de los aborígenes australianos. Esas visiones al margen de la racionalidad occidental establecida aportan luces liberadoras en un mundo de post-realidades y post-verdades. A su vez evitan el peligro del reduccionismo de un mundo virtual que pudiera terminar por privarnos de nuestro espacio.
La consideración del geronscope o una gerontología cultural permite el replanteamiento de las normatividades establecidas en la gestión actual, desde una óptica más plural y personalizada en función de cada caso, así como desde una lógica que apuesta sin temor por la inclusión de modelos complejos en los que encontrar formas fluidas de gestión común para dar cabida a los imaginarios individuales. Re-vivir los espacios para la gente mayor no debe solo vincularse con los lugares de memoria, sino que representan a corto plazo una dignidad humana, a medio plazo un duro proceso de adaptación al imaginario ante el reto de limitaciones reales crecientes (Reyes Gómez y Villasana Benítez, 2010) y a largo plazo representa una forma de resistencia del libre pensar para todos.
Marco teórico: la difícil adaptación de la dependencia al medio
El papel del ambiente ha sido tradicionalmente asumido como un elemento básico en el aprendizaje y desarrollo del individuo por el despertar de las interrelaciones generadas con el exterior en beneficio de nuestro interior (Kiefer and Trumpp, 2012). Dejando al margen la tradición clásica, podemos considerar desde el ámbito científico su origen en la tradición ambientalista más natural del siglo XVIII-XIX bajo la influencia sobre todo del auge de la biología y del darwinismo que impregnarían hasta los aspectos más sociales, cayendo incluso en formas de determinismo ambiental social (Peet, 1985). Tras imaginar que el ambiente lo era todo para el hombre desde el punto de vista físico, pero también psicológico, se pasó ulteriormente a relativizar sus efectos. No obstante, en algunas disciplinas como en la psicología, en la pedagogía o en los principios de la arquitectura racionalista y su relación con el cuerpo (Wagner and Cepl, 2014), el ambiente seguirá teniendo un papel relevante, aunque ya no socialmente considerado en su normatividad. Así, nos encontramos con la curiosa paradoja que mientras que el ambiente es considerado como esencial para el desarrollo motor en la infancia en lugares como patios, excursiones o ambientes como aulas con iluminación natural (Quintero, 1996), en cambio ya desde la óptica económica racional del mundo adulto pasó a ser anecdótica e incluso en el caso de las personas mayores, invisible.
La normalización social de esa lógica variable en función de una segmentación social fue uno de los cimientos de una modernidad que parecía discernir ciencia/razón versus naturaleza/irracionalidad según una supuesta construcción del “pensamiento occidental” (Horigan, 2014). Es bajo ese prisma que surgen los inicios de unos estudios centrados en la gerontología pero que se enmarcaban desde una lógica muy práctica y aplicada para responder desde el ámbito sanitario (Wiles, 2005) y más recientemente hacia el ámbito más de la planificación social. En ese contexto encontramos como el modelo ecológico de la competencia en las investigaciones de Lawton, Powell and Nahemow (1973); Lawton (1983, 1985, 1990 y 1999) influenciará en la formulación del ambientalismo gerontológico (Rowles, 2013) aunque revisado luego por su determinismo con la teoría de la proactividad ambiental (Lawton, 1987) basada en la idea que las personas mayores pueden modelar y adaptar sus ambientes a sus necesidades y preferencias.
El marco de la gerontología ha basculado en lo concreto desde la primera idea de una autonomía física/psíquica respecto del espacio-referente que cuando se quebrantaba pasaba a una reclusión social forzosa, hacia una nueva visión más compleja y plural, con multitud de posibilidades transitorias intermedias, con la idea de intentar siempre alargar lo más posible la autonomía dentro del ambiente establecido por el referente (Rowles, Graham and Chaudhury, 2005). En esta nueva lógica es cuando el lugar es revalorizado como geo-referencia vital, familiar, dentro de la esfera público-privada. Esta transición ha llevado incluso en el momento actual a una consideración del lugar a medida que se adecúe en función no sólo de las limitaciones físicas y/o psico-patológicas (alzheimer, demencia, etc.) del individuo, sino también acordes con el desarrollo de vida de cada individuo (respecto por ejemplo a su entorno más rural/urbano, grado de sedentariedad, círculo de sociabilidad). Se debe considerar, además, que esos imaginarios se vinculan con el espacio del recuerdo o vivido particular de cada individuo y precisan por consiguiente de un constante seguimiento para su adecuación ante el constante cambio. Para resumir, podríamos decir que el prisma de pluralidad actual ha llevado a considerar a las personas mayores como referentes propias y plenas, respecto a una lógica anterior que, al marcar unas normas fijas, pasaba a excluir y considerar como objetos (dependientes) a los mayores. El cambio de paradigma en sociedades envejecidas obliga también a nuevas formas de gestión social, revalorizando la autonomía de la persona mayor como un input dentro del sistema y muy relacionado con la pervivencia de su ambiente (Scheidt and Windley 2003), entendido como un ecosistema que permite una rutina de vida dentro del cotidiano (De Certeau, 1996).
Los mayores se enfrentan a debates como el asimilar los imaginarios referentes estables para su estabilidad de vida y autonomía por encima de los marcos espaciales físicos y temporales comunes. Esos procesos de reaprendizaje del espacio por los mayores son una forma de representación, curiosamente, de algunos de los debates postmodernos y postcoloniales entorno de la teoría no-representativa desarrollada en geografía humana por Nigel Thrift (Cocks, 2017) y encuentra también puntos de encuentro con los planteamientos de las generaciones más jóvenes. En ese contexto, las narraciones de los mayores “como relato para no olvidar lo vivido” se asemejan a los metaversos de los jóvenes (Fernández, García y Jiménez, 2008) y ambos deben enfrentarse a una creciente desadaptación respecto al medio funcional tal como sigue imperando y en mucha mayor sintonía de lo que podría imaginarse de los relatos de los sueños de culturas como la aborigen australiana.
En el presente estudio partimos de una perspectiva de la geografía cultural sobre la gerontología, centrándonos en entender la construcción espacial de los mayores. Tal como hemos expresado en la Figura 1 partiremos de la construcción de los espacios de los mayores (geronspaces), frutos de la dialéctica resultante de los paisajes (geronscape) de la memoria usados como referentes frente a los temores de los olvidos y de los cambios (geron-scare). Esas construcciones de unos espacios imaginarios sirven como referentes concretos para salvaguardar dentro de sus cotidianos, su autonomía en unos cotidianos. A su vez, en su conjunto establecen un gran mapa o cosmovisión (geronscope) que aporta un nuevo sentido de los mayores en las sociedades contemporáneas.
Verificamos en nuestra hipótesis que “la experimentación espacial garantiza la autonomía del referente”, pero también como sub-hipótesis el “espacio vivido puede convertirse en una fuente de ansiedad si no está bien asimilado”. Ello implica la aceptación de la nueva perspectiva de adaptación desde una dimensión cultural del geronscope (Holstein and Minkler, 2003).
Metodología: etno-gerontología: una apuesta cualitativa
Hemos encontrado en la geografía cultural un interesante acercamiento plural (Andersson, 2002), para poder estudiar el espacio de los mayores (geronspace) a partir de metodologías etnográficas y vivenciales (Rubinstein, 1992) actuales. En concreto, el uso de la PAR (Participatory Action Research) se adecua al objetivo de estudio que es el de intentar reflejar la representación de las territorialidades e imaginarios de las personas mayores. El estudio es sólo de carácter exploratorio y parte de una muestra de 12 testimonios como relatos de vida (Life story) (Tabla 1) desde una aproximación cualitativa, han permitido esbozar unas primeras líneas. La elección de los testimonios por su variedad, así como por el vínculo con el autor en distintos momentos, permitió un acercamiento más natural a la hora de realizar las entrevistas, así como para poder complementar e interpretar mejor los resultados, con un mayor grado de profundidad que ha sido beneficiosa para una mayor reflexión y comprensión sobre el tema. Los testimonios se han elegido en función de la variedad para aportar el abanico más amplio de matices. Para ello, se concibió desde la experiencia personal en el ámbito cercano para recabar las vivencias y testimonios de personas mayores en épocas distintas: desde amigos (5), familiares directos (4) y vecinos (3) y para poder representar también en cierta manera ámbitos socio-económicos y culturales diversos. La selección de los testimonios respecto de los recuerdos y experimentación responde a la lógica de la nueva etnografía (Cash, 1998; Evens and Handelman, 2006) que ha rescatado el valor del testimonio del relato de vida desde una perspectiva proactiva y dinámica que parte del mismo entrevistado, no ya como mero objeto sino como sujeto en sí. Este abordaje etno-gerontológico es un instrumento cualitativo que permite plasmar los matices sobre temas tan delicados como la construcción de los imaginarios, sin condicionar a los sujetos de estudio. La cercanía en el tiempo del autor con los testimonios permitió reflejar así mejor una experimentación activa sin interferencias. De hecho, seis de los testimonios ya han fallecido (uno durante proceso de realización de la investigación). Por el contrario, para los siete restantes, se aprovechó la investigación para realizarles una entrevista específica de la cual derivan la mayoría de las citas del artículo. El valor de los datos es testimonial, pero nos sirve para incidir en la comprensión cualitativa del espacio y el ambiente para los mayores y queda al margen de cualquier ponderación de tipo cuantitativo. Las conclusiones son indicativas y sólo abren líneas indagatorias para futuras investigaciones.
Los perfiles se establecen desde los 80 hasta la actualidad para poder entender la evolución social respecto de la consideración de la importancia del ambiente para las personas mayores; de edades distintas desde los 74 años a los 96 años; de países diferentes para poder establecer extrapolaciones y evitar caer en un reduccionismo fruto del mismo lugar o condiciones: tres casos en Francia, tres en Catalunya, tres en Illes Balears, dos casos en Estados Unidos y un caso en Argentina; de géneros y roles distintos: siete mujeres y cinco hombres de los cuales uno es homosexual; con estados civiles dispares: cinco viudos —de las cuales sólo uno hombre—, tres casados, tres solteros y una divorciada; viviendo en ámbitos distintos: cuatro en ciudades , cuatro en pueblos y cuatro en el campo; con grados de autonomía diversa aunque mayoritariamente seleccionados por temática del estudio con plena autonomía: nueve plena y tres parcial; viviendo: nueve en casa, dos en residencia y uno en régimen mixto y desarrollándose sobre esferas espaciales/imaginarios a escalas: seis locales, dos nacionales, tres globales. La gran variedad en la elección ha permitido aportar a pesar del poco número una gran riqueza de matices.
A su vez, no hay que olvidar que el modo original principal de captación de la información también expresa testimonios compilados a lo largo de años y no sólo fruto de una breve entrevista puntual (como en el caso de siete de los testimonios de los cuales sí podremos considerar citas). El vínculo personal con los testimonios da fe de la voluntad aleatoria en la selección, de la veracidad de la información, así como de la honestidad científica en el análisis de la información de la manera más neutra posible y evitando así los posibles sesgos. Por último, la experiencia puede servir como ejercicio de reflexión propia para cada lector, en relación con sus relaciones con los mayores de su entorno para poder contrastar parte de los resultados y conclusiones en la verificación de los planteamientos iniciales, respecto del ambiente, del espacio de los mayores, así como sobre el conflicto en el proceso de adaptación.
Resultados y discusión: el medio como resistencia,
adaptación y reinvención
Los conceptos espaciales son definidos de una manera científicamente aséptica y quedan alejados cuando atañen a aspectos más personales como el lugar e incluso más recientemente desde una lógica más plural, en el caso de las territorialidades. En mayor o menor medida en todos los casos al establecer una definición de los conceptos realizamos un proceso de síntesis y abstracción que lo convierte en referente y norma sobre la cual comparar las casuísticas particulares.
Pero las territorialidades no sólo difieren entre personas, sino que incluso se ven influenciadas por muchos otros sesgos. De esta forma, se han ido incorporando aspectos vinculados con el género, con aspectos culturales, pero en cambio el factor de la edad ha quedado parcialmente descuidado. Si bien desde la psicopedagogía se ha considerado el estudio del aprendizaje del espacio en los niños, en la mayoría de casos se ha definido respecto del referente estándar del adulto, como finalidad. Dentro de esa lógica el espacio entendido en la edad infantil no se centra prioritariamente en su comprensión per se sino más bien enfocado respecto al concepto del espacio del adulto. El enfoque prioriza más el establecer los procedimientos o etapas para que el niño alcance la plenitud del concepto y poder desenvolverse plenamente como adulto en un futuro. El olvido o marginación de la consideración propia del espacio infantil explica por ejemplo los procesos sociales de “adultizar” a los niños sin dejarles sus tiempos y espacios propios, de juego, patios (Osorio Giraldo y Zulieta López, 2017).
En el caso de los mayores, la situación es aún más compleja puesto que ni se considera una visión propia del espacio, al suponer que siguen con el modelo conceptual como adultos. Esta situación como veremos será el origen de un profundo malestar en los mayores al tener que conciliar toda una serie de adaptaciones personales por cuenta propia y no tener ningún referente externo de aprendizaje como lo tienen, al menos, los niños. El caso de los mayores implica el tener que reconocer unas nuevas definiciones que son el resultado de unas nuevas relaciones con el espacio que difieren de las de los adultos y, por derivación, el fin de las normatividades respecto de las definiciones establecidas en torno al espacio. La consideración de una perspectiva del espacio propia en los mayores representa una verdadera revolución, al aportar no sólo un nuevo instrumento que evite ciertos cuadros de angustia y ansiedades en los procesos de adaptación (con la consecuente mejora de calidad de vida), sino que a su vez obliga a una revisión transversal de los cimientos mismos de las definiciones espaciales (y temporales) tal como las hemos planteado en nuestras sociedades modernas. El espacio de los mayores significa una superación de las normatividades establecidas para toda la sociedad y se inserta directamente dentro de los debates teóricos contemporáneas postcoloniales al permitir la deconstrucción de los conceptos establecidos desde la exclusión y aportar una mirada desde la complejidad inclusiva.
El espacio de los mayores (geronspace) más que definirse es el reflejo de una serie de consideraciones propias en su interrelación con el medio que podemos resumir en tres grandes aspectos. En primer lugar, debemos comprender la relevancia del volumen del espacio vivido sobre el resto. En segundo lugar, debemos valorar las consecuencias de los procesos de desvinculación de los espacios de vida en mayor o menor medida. En tercer lugar, consecuencia de los dos anteriores, debemos comprender el conflicto que se genera al des-adaptarse el escenario de “una realidad” que se basa cada vez más en los imaginarios del pasado y que se aleja de las situaciones del presente. Estos son aspectos que debemos tener presentes a la hora de considerar el ambiente entendido como un elemento de garantía de la autonomía, dignidad y calidad de vida de las personas mayores. Ello implica además entonces que debemos asumir la readecuación parcial de los conceptos sociales normados establecidos para todos, ante el peligro de choque, pero a su vez en un sentido más amplio nos hace entender que el ambiente como tal es una convención-normada social cultural construida.
Si reconocemos la importancia de los imaginarios de los mayores, debemos entonces replantear los límites de las realidades de los espacios de vida sociales de todos, ante el peligro si no, como ya está ocurriendo ahora, de estar viviendo en cierto modo en realidades paralelas incompatibles. Así, por ejemplo, vemos el peligro que representa para el resto cuando un adulto mayor conduce en una autovía en sentido contrario a partir de un imaginario que sigue considerando el referente de la carretera de dos sentidos que ahí había hace años.
En nuestras sociedades plurales la audaz apuesta de asumir las realidades espaciales de ciertos colectivos, antes marginados (por ejemplo ciertos grupos por su origen étnico, religión, género), olvidados (por ejemplo mayores o personas con minusvalías) o incluso confinados (las personas con trastornos psiquiátricos) implica por un lado el estudio de sus referentes, por otro lado la redefinición de los conceptos comunes y por último, y no menos importante, un proceso de aprendizaje y concienciación dentro de una sociedad basada en la tolerancia y el respecto a las diferencias para poder considerar los cimientos de una gestión integrada conjunta.
La adaptación al medio para los mayores
La construcción de los conceptos de espacialidad son parte de un largo proceso de aprendizaje desde niño (etapa 1) pero que curiosamente no se termina al alcanzar la edad adulta (etapa 2) sino que incluye una tercera etapa hasta ahora desconocida y es la de la comprensión de espacio como persona mayor y que está mucho más sujeto al peso de los espacios vividos (Figura 3).
La segunda etapa es la que se toma como referente para la definición del espacio en su estrecha relación con el hombre y que define sus territorialidades. En esta etapa existe una correlación entre el espacio de vida (color crema) y el vivido (color marrón) a diferencia de la etapa previa infantil en la que el niño adquiere experiencias justamente en su proceso de aprendizaje respecto al medio. Pero en el caso de las personas mayores, tal como se ilustra en la figura tercera, la acumulación de espacios vividos (marrón) sobrepasa a un espacio de vida que empieza a reducirse por distintas causas (desde limitantes motores a psicológicos) que encontramos no sólo en la especie humana sino también son extensibles a otras especies animales (curiosamente tema poco considerado también por derivación en los estudios etológicos). La conducta general en esta etapa es la de un repliegue que garantiza una estabilidad emocional y de vida, clave para el mantenimiento de una autonomía, aun disminuyendo las energías.
No obstante, en esta tercera etapa de repliegue (flechas rojas de etapa tercera) obliga a un proceso de adaptación que replantea los cimientos mismos de la racionalidad. Así, según los principios de cada persona mayor, así como del espacio vivido, la adaptación puede provocar una serie de problemas, desde angustia, hasta ansiedad, antes de asumir el nuevo escenario. Así, por ejemplo, aparte del carácter de cada uno, en el caso de las personas cuyo espacio de vida haya sido muy local, el proceso de adaptación no revierte muchos cambios, pero por el contrario, en el caso por un lado de personas que hayan tenido una vida muy activa y se hayan relacionado con el espacio a escalas muy globales, ayudado con el uso de los medios de comunicación (coches, aviones o trenes en su cotidiano) la nueva situación representa un encierro a una realidad desconocida que deben re-aprender sin ningún tipo de referente. Por otro lado, y de forma no excluyente a la anterior, el repliegue creciente por su cúmulo de recuerdos del espacio vivido lleva progresivamente a una suplantación del espacio de vida, abriendo una nueva visión desconocida del espacio, mucho más fluida y sin normas al no estar estipulada. El resultado de ambos procesos genera una primera inseguridad, al ver como los referentes basados sobre la certeza del espacio se desvanecen, aunque una vez asumidos se convierten entonces por el contrario en imaginarios donde todo es posible y que suplen las falencias crecientes de movilidad y energías propias de la edad.
La consideración en gerontología de la importancia del medio a modo de refugio protector ha permitido mantener la continuidad de una autonomía que hoy se valora. No obstante, la visión del medio sigue anclada en la dimensión más física, sin considerar aún el potencial también asociado de la carga y trascendencia de los imaginarios en la percepción del medio como refugio. Por ahora los imaginarios sólo se consideran cuando se disocian por patologías con la realidad. El seguir asociando los imaginarios con las formas extremas de demencia o Alzheimer y por lo tanto de una gestión de control del mayor entendido como paciente choca con la apuesta por una gestión basada en la continuidad en el mismo ambiente como garantía de autonomía y calidad de vida. La convivencia de los mayores en sus ambientes plantea el dilema del cambio desde una gestión asistencialista basada en sistemas de control que priorizan el bienestar del entorno familiar y social (que debe seguir con las pautas de vida espaciales normadas hasta ahora) hacia un modelo que se centre en el mayor y que evite las consecuencias negativas en el deterioro de su calidad de vida (por la privación de su autonomía), aunque ello implica una gestión mucho más compleja al obligar a replantear el conjunto.
No obstante, el peso del espacio vivido debiera considerarse como un aporte desde una nueva forma de espacialidad que compensa psicológicamente la aparición de otras falencias psicomotrices. Salvando las distancias, el espacio de los mayores (geronspace) establece ciertos paralelismos con la gestión de otras lógicas de espacio de otros colectivos al margen de la racionalidad, como en el caso de patologías psiquiátricas, en el sentido que obliga a tomar decisiones sociales sobre su gestión. Entre si debemos considerar la gestión de su espacio de vida, desde formas más rígidas y controladas por las normas sociales sectorializadas y referenciadas en los modelos de los adultos entendidas como “normales” (Riley, 1971) o bien sobre formas más integradas con el resto de la sociedad para garantizar su autonomía. En el segundo caso, se concibe en un ambiente entendido como reparador, pero en el que todos debemos asumir una parte de corresponsabilidad (San Román Espinosa, 1990).
Una vez definido el escenario del espacio de los mayores, pasemos a ilustrar la construcción de los imaginarios desde los testimonios de los casos de estudio, a modo de referencia, que permita entender e ilustrar mejor los conceptos introducidos. Los testimonios han sido elegidos en función de la temática y no representan al conjunto de personas mayores. En este sentido, nos hemos focalizado más en los casos de personas mayores con relativa autonomía física para poder entender su visión del espacio, sin por ello tener también que considerar al resto de casos que ya se gestionen de forma eficaz con la gerontología asistencial actual.
La construcción del espacio desde los imaginarios
El bagaje de los recuerdos ayuda a los mayores en la formulación de los imaginarios que se toman como referente, aunque debe asumir previamente un proceso de adaptación individual complejo. El reconocimiento de una mirada propia en los mayores no sólo tiene implicaciones para una mejor gestión del proceso de adaptación, ya no tan traumático, sino que plantea una revolución conceptual sobre el espacio en toda la sociedad (Chaudhury and Oswald, 2019).
Si bien hay tantos casos y diversidad como personas mayores, hemos podido encontrar a partir de la muestra ciertos patrones comunes y que nos permiten definir algunas de las especificaciones del espacio para los mayores. El escalonamiento de los testimonios en el tiempo desde la década de 1990 hasta la actualidad ha evidenciado la evolución de la gerontología en una apuesta por la importancia del ambiente, así como en la garantía de la autonomía siempre que sea posible como dos aspectos claves para el mantenimiento de una calidad de la vida e incluso también en una mayor longevidad (Harper and Laws, 1995).
El espacio de los mayores (geronspace) es un espacio pleno dentro de la garantía de un cotidiano y en donde el recuerdo es parte del ambiente. Los límites de las dimensiones espacio-temporales se nublan para generar un ambiente acogedor y que se transforma en una nueva relación con el exterior de manera más suave y a medida. Los recuerdos son como un filtro espacial que permiten reforzar ciertos aspectos y por el contrario obviar todo aquello que genere contrariedad, como ciertas modernidades y cambios que no pueden asumir (los que son útiles son incorporados sin problema, como por ejemplo el teléfono móvil). El ambiente se convierte en un mundo donde los imaginarios caprichosos se anteponen a las racionalizaciones. Los ambientes se modelan en función del referente y no ya al revés. En esa circunstancia todo ayuda a la autonomía e incluso todo elemento externo (familiares, ayuda externa) al no encajar con ese imaginario y significar una posible contrariedad (a veces obligada por la realidad externa) y puede generar fricciones al hacer reaparecer la racionalidad de unos espacios que han tenido que dejarse de lado al adaptarse a las nuevas circunstancias y limitaciones suplidas por los imaginarios (Millingan, 2016).
Los imaginarios de los mayores configuran en su conjunto una perspectiva muy revolucionaria y afín con los escenarios y debates contemporáneos sobre la relevancia cada vez más importante del papel simbólico del lugar o de las representaciones en sociedades cada vez más virtuales, donde los límites de la racionalidad se esfuman.
La importancia del refugio en el recuerdo
Imaginemos un mundo donde incluso las famosas obras de la Sagrada Familia reputadas por su lentitud, también terminan por cambiar un paisaje que ya apenas es reconocible (Figura 4).
Todos los referentes del mundo de vida empiezan a variar y dejan de ser reconocibles después de un tiempo a pesar de conocerlos. Las territorialidades basadas en unos espacios que tomamos como referencia por considerarlos estables al perder el contacto cotidiano provocan una disociación creciente entre nuestra territorialidad anclada en los recuerdos de un extenso vivido y un presente que nos huye. Es en ese punto cuando se inicia en un proceso psicológico que podemos considerar como de protección. El desliz de una realidad de nuestras territorialidades deja paulatinamente cada vez más de lado lo racional del espacio de vida y encuentra cada vez más refugio en la parte vivida y de los imaginarios. Ambas facetas existen en la construcción de cualquier territorialidad, pero en el caso de los mayores se produce un rebalanceo hacia el peso de los imaginarios asociados a los muchos recuerdos.
Estas son algunas de las principales ideas que extraemos de la muestra de casos de estudio considerados. En la mayoría de casos a pesar de las diferencias de origen, de tipo de casa, ambiente o estado civil, coinciden en la voluntad de poder seguir viviendo en sus casas o en su defecto de conseguir una nueva fórmula de vida más sencilla pero que les permita garantizar esa situación. Así por ejemplo nos podemos encontrar con la decisión de cambio de una casa que se convierte en demasiado grande hacia un piso más céntrico respecto a servicios
… cuando me quedé viudo, decidí vender la casa en el campo en la que vivía puesto que los recuerdos me hacían imposible poder seguir allí… y me fui sólo a alquilar un piso con ascensor en el centro del pueblo vecino (…) con la ayuda de una mujer [asistenta aportada por el municipio] que viene a ayudarme puntualmente en las cosas de la casa puedo mantener así mi autonomía en el día a día… (Josep María, Catalunya).
Por el contrario, encontramos también ante el caso de una búsqueda de espacios más aislados (como el campo) para estar más tranquilos respecto de un mundo que sienten más alejado e incluso de los problemas de sus círculos familiares de los que quieren ya estar más al margen, pero sobre todo que para que no los controlen
…decidimos instalarnos en la casa de verano en el campo y dejar definitivamente la ciudad siguiendo los consejos de los médicos para mejorar la calidad de vida de mi marido… gracias a ello él pudo vivir 15 años más de los meses que le diagnosticaron los médicos (…) cuando me quedé viuda quise quedarme en la casa pues a pesar del aislamiento me siento segura y es mi casa donde están todos mis recuerdos… (Paulette, Auvergne).
El temor de la pérdida de autonomía y el tener que pasar a depender de otros y en particular de los hijos es algo que intentan mantener al margen.
La sensación de libertad que aporta el ambiente y el temor a su pérdida se ve aún más agravado en el caso de solteros mayores “… la vida para mí siempre ha sido en esta casa… ya solo quedo yo en el pueblo (…) pero quiero morir aquí tranquilo…soy feliz así…” (Louis, Auvergne). Y en los casos en los que se hace necesaria una asistencia
… Ya me he acostumbrado a que me lleven a la residencia de día, aunque la verdad es que allí veo gente que está muy mal y me deprime (…) pero lo que tengo claro es que quiero estar y dormir en mi casa (…) y agradezco la ayuda que recibo en el día a día de los servicios sociales… (Catalina, Illes Balears).
Sigue prevaleciendo la voluntad de querer ser en lo posible lo más autónomo posible.
Las obligaciones que determinan la interrelación con el ambiente se han incorporado recientemente en gerontología como un respaldo positivo para el mantenimiento de la autonomía y la calidad de vida, respecto como antes de un asistencialismo que terminaba por generar una dependencia negativa. La capacidad del ambiente en los mayores queda recogida de excelente manera en dos de los testimonios. Por un lado, Joe de Wisconsin conseguía ya en los ’90, juntar a sus tres hermanos nonagenarios con sus parejas que vivían a más de 2000 km en Utah y Arizona, pero lo más increíble es que venían todos en auto-caravanas y no querían ver a ningún hijo, ni nieto con ellos. Se juntaban para celebrar y no tanto para recordar viejos tiempos, sino para compartir y reírse. Dentro de la misma línea encontramos el caso de Mathew de Texas que consiguió armar un grupo de amigos, como una gran familia. Los encuentros se realizaban de manera sistemática cada viernes del mes en un restaurante fijo y de forma espontánea. Cada uno se presentaba o no el día y hora convenida sin tener que dar explicaciones. El objetivo de las reuniones era “… Mantenemos el contacto y nos ponemos al día de las cosas, aparte de reírnos o venir con nuestro último ligue [risas] (…) somos como una gran familia, pero sin tener que rendirle cuentas a nadie…” (Mathew, Texas).
Los recuerdos como vemos adquieren una relevancia, pero tampoco se convierten en una trampa (encerrado en uno mismo) sino que sirven para construir un espacio hecho a medida y más sujeto a las subjetividades de los imaginarios (tejiendo nuevas interrelaciones sociales). Los matices lógicamente son importantes según los casos, aunque no determinantes en el sentido que el hecho de ser soltero o viudo no tiene por qué conllevar a un mayor aislamiento o, bien por el contrario, el hecho de vivir en plena ciudad puede aislarnos de toda forma de sociabilidad. Pero en cualquiera de los casos vemos como los espacios construidos por los mayores se forjan entorno de un ambiente vinculado con el recuerdo que ofrece refugio, pero sobre todo permite garantizar una autonomía. Uno de los testimonios lo resumía a la perfección cuando decía que cuando la llevaban a casa del hijo se sentía muy atendida, pero se aburría “…porque no encontraba ni el salero en la cocina a su altura…” (Paulette, Auvergne) y que por eso prefería estar en su casa en el campo a pesar de estar aislada y con un metro de nieve. A pesar de los riesgos potenciales que acarrea, esa independencia se produce justamente en un ambiente-entorno familiar en el que se han refugiado al sentir que su cotidiano se desarrolla dentro de una burbuja acorde a sus recuerdos y a expensas de haber ido descartando ámbitos más alejados que antaño eran parte de su espacio de vida. Las visitas a ciertos lugares o familiares ya no son prioritarias al ser conscientes de los cambios que les pueden desestabilizar como resume muy bien el testimonio de Joana
… Ya he viajado por muchos sitios cuando estaba mi marido, gracias a las promociones qué tenía por trabajar en el aeropuerto (…) Ahora ya estoy bien en el pueblo y en mi casa (…) Ya no tengo ganas de ir a la coral y subir la escalera del coro, aunque aún salgo a caminar y a comprar el pan y hacer las compras (…) Suerte que estoy yo, si no, no sé qué haría mi hija y mi nieta [viven en la misma casa, pero separados en la parte de arriba con entradas separadas]...(Joana, Illes Balears).
Joana no se limita, sino que acepta el refugio que le aporta el espacio que construyó y en el que se siente libre. No tiene la necesidad de tener que ir a buscar la libertad fuera puesto que la ha encontrado en su propia casa y en el espacio que ella misma construyó. El hecho de seguir sintiéndose útil para el resto la obliga a mantenerse activa y ello la ayuda en el mantenimiento de su forma de vida. Los testimonios propios desde la perspectiva propia de los mayores evidencian indirectamente la necesidad social de replantear el rol asistencial en general, pero sobre todo el de la ayuda de los hijos y nietos respecto a ellos, enfatizando a pesar de las dificultades el objetivo de mantener su autonomía cuanto tiempo sea posible y no intervenir sobre su vida, por un tema social o de mejor funcionalidad para el resto. Respetar la voluntad del mayor no tiene por qué significar una falta de atención de los hijos o nietos respecto a ellos.
Una adaptación existencial al medio
El proceso de transición hacia el mundo de los imaginarios es vivido de forma distinta según cada persona mayor. Para los mayores que mantienen una relación de vida muy estrecha con sus espacios (más locales) pasa como una transición casi inconsciente. Por el contrario, para otros mayores que se vinculaban con espacios a distintas escalas (sobre espacios más amplios) el cambio se vive como un verdadero proceso casi de duelo. En ese segundo caso, la adaptación a la nueva situación o incluso su negación puede ser causa de angustias, frente a la sensación de derrumbe de todo un mundo y referentes conocidos.
Muchas veces la etapa de hacerse mayor coincide con cambios bruscos ligados a jubilaciones o/y pérdida de seres queridos lo cual agudiza más la sensación repentina de final para mayores que eran justamente muy activos. Dependerá de cada uno el considerarlo como el final sólo de una etapa para dar inicio a otra nueva y diferente o bien por el contrario el sumirse en esa etapa como finalidad y por ende la relación con la muerte. Así por ejemplo encontramos en dos de los testimonios como el cambio de vida a mayor supuso al margen de los traumas una nueva liberación e inicio de una nueva etapa:
…cuando me jubilé decidí mudarme a la casa en el campo y hacer la vida que siempre había querido recuperar como cuando era pequeña, con las gallinas y en medio del monte (…) a pesar del aislamiento y falta de comunicaciones soy feliz así y no le debo explicaciones a nadie… (Angelina, Jujuy).
De ahí se deriva la importancia de poder seguir tomando las propias decisiones de manera autónoma, incluyendo el error como una forma más constructiva (pues no sólo vale para cuando uno es joven, sino en todas las etapas de la vida). Lo importante es dentro de lo posible el sentirse acompañado no sólo desde una perspectiva física, pero sobre todo socialmente.
Las adaptaciones a veces no son tan libres como
…la pérdida paulatina de mis facultades me obligó a optar por instalarme en esta residencia para poder sentirme más respaldado y protegido (…) el cambio fue duro aunque la adaptación en lo personal fue más llevadera, por mi experiencia durante años en la vida dentro de una institución religiosa y estar acostumbrado a las normas (…) además en la religión encuentro el consuelo… (Jordi, Catalunya).
Aun en esos casos de mayor dependencia, sigue siendo muy importante el poder tener un margen de capacidad propia de decisión para poder asumir la nueva situación y no ser impuesta o forzada. En ese sentido a pesar de encontrarnos ante un mismo hecho como el ir a una residencia, el proceso puede determinar la aceptación en mayor o menor grado, puesto que no será vivido de la misma forma si es uno mismo el que asume la necesidad de mayor asistencia, al hecho de ser obligado por otros a recluirse. En el primer caso es una decisión propia en la que el mayor puede seguir sintiéndose “útil” bajo nuevas formas mientras que en el segundo caso el mayor puede sentirse socialmente o familiarmente como un “estorbo” “… ya no hay lugar para mi…” (Francisca, Catalunya).
El proceso de adaptación al espacio del mayor es una etapa compleja, comparable tal vez con la de la adolescencia, al ser un momento de transición, pero con una ventaja y un inconveniente. La ventaja es que los mayores poseen un enorme legado de experiencias (aún más si pueden compartirlas entre ellos) que les pueden servir para tender puentes en la nueva etapa. Aunque el inconveniente es que hasta ahora no tenían a diferencia de los jóvenes un seguimiento profesional para orientarles ante posibles angustias o desorientaciones. El principal escollo en la aceptación de los imaginarios como parte prioritaria de nuestros nuevos espacios es el tener la suficiente flexibilidad y tolerancia mental hacia uno mismo, “el aceptarse”. Las normatividades, las presiones sociales y familiares, así como la percepción de ellas ante el qué dirán y el temor de la privación de sus libertades pueden representar escollos que aletarguen la adaptación al nuevo espacio (Perkinson and Solimeo, 2014). La asunción existencial de un mundo posible donde los imaginarios nos protejan y al margen de las racionalidades normadas aprendidas, representan una verdadera revolución. La visión de los mayores lejos del estereotipo primero que reducimos a la frase del “antes era siempre mejor” esconde en el fondo, una superación racional (espacio-temporal). A veces asociamos esta situación desde nuestra racionalidad adulta con “un retorno a la niñez de los mayores” cuando de hecho sólo nos muestran otras formas de vida y de relación con el espacio, mucho más cercanas a las de los jóvenes y acordes con el mundo contemporáneo actual. Esta visión queda sintetizada en un anuncio en 2017 muy conocido de la Fabada litoral asturiana “la abuela en la ciudad” donde una mujer mayor se reencuentra con los hípsters y demuestra la creciente aceptación social del tema.
La construcción de un espacio establecido casi íntegramente a partir de los imaginarios representa una verdadera liberación respecto de las normas y definiciones establecidas. El geronspace se convierte en un terreno de experimentación y de creación al margen de todo aquello establecido en lo que respecta a la noción de espacio, pero de igual forma respecto también de la noción de tiempo. La fluidez de este nuevo espacio una vez asumido es liberadora. El espacio definido desde una racionalidad de vida objetivada y normada muy condicionante se re-concibe para los mayores, priorizando la subjetividad propia del referente en los imaginarios. Al igual que el niño recrea con el juego en el patio su universo, la persona mayor construye en los imaginarios su geronspace pero con la diferencia que en este segundo caso, se nutren de la experimentación y recuerdos. Este nuevo acercamiento al espacio lo convierte en lugar de memoria vivo, al establecerse sobre un legado y patrimonio definibles (Rowles and Bernard, 2012). En el caso de los mayores a diferencia del infantil no se le ha prestado mucha atención porqué replanteaba los cimientos mismos culturales normados. En cambio, la apertura conceptual actual permite rescatar esa crítica experimentada social de un espacio revisitado y re-vivido desde el sujeto (Wellin, 2018).
En un contexto como el actual en el cual la gerontología ha apostado por la prevalencia del ambiente para la autonomía de las personas mayores y en consecuencia, desaparecido el temor a la privación de este, los mayores en estos últimos años empiezan a asumir la adaptación a ese espacio distinto con anhelo. Hemos notado sobre todo en los testimonios femeninos incluso un acervo para preparar esa nueva etapa desde una óptica positiva. Así, por ejemplo
…En verano cuando ya hemos puesto la casa al día (Auvergne) ya tenemos que regresar a Saboya para estar más cerca de los nietos y los hijos que nos necesitan (…) No obstante ahora me ha tocado arreglar la casa que me tocó en herencia de mi madre y tengo claro que llegado el momento regresaré a mi casa en París, donde me siento más segura y puedo vivir más tranquila (…) los demás [familiares] que se ocupen del resto, me lo tengo merecido… (Sylvie, Savoie).
O aún en el segundo caso:
… Si por mi fuera ya hace tiempo que habría regresado al pueblo en Ávila, pero mi pareja ahora necesita mucha atención y por él seguimos temporadas largas en la casa [en Mallorca] para estar más cerca de los hijos, aunque nunca vengan… (Luisa, Illes Balears).
Sylvie y Luisa tienen claro que ese espacio se construye desde sus propios imaginarios y permite compensar el dolor de pérdidas y limitaciones afines a esa etapa de la vida.
El espacio de los imaginarios o simbólicos son libres y permiten crear el universo que nos planteemos sin tener que circunscribirse a limitantes externos, apareciendo como una burbuja en la que nos reflejamos junto con nuestro ambiente. En la actualidad cuesta aún encontrar referentes artísticos que expresen esos imaginarios. El cuadro de Escher de 1935, Mano y espejo reflectante (Figura 5) sintetiza el concepto de geronspace puesto quien mantiene. El espejo lo sujeta justamente una persona mayor que refleja el mundo que ha construido con sus recuerdos y que pasa a convertirse en su referente. La visión de los mayores en sus espacios vividos, lugares de memoria, imaginarios y territorialidades constituye en su conjunto una perspectiva propia artística y cultural, que aporta respuestas sobre la razón misma del lugar a partir del proceso de revisión del re-vivir o simplemente del vivir.
Conclusión: la relatividad del ambiente
La presente investigación ha permitido corroborar la relevancia del ambiente como garantía de la autonomía y calidad de vida para los mayores. El análisis a partir de la muestra de testimonios ha permitido a pesar de los matices evidenciar una visión propia del espacio (geronspace) caracterizada por la mayor relevancia del espacio vivido. La perspectiva espacial desde los mayores ha permitido resituar el lugar de los imaginarios en una posición central tras asimilar un proceso de adaptación existencial respecto de los conceptos espaciales establecidos previamente. El lugar pasa a ser revivido si consideramos que el imaginario se establece sobre unas vivencias ya vividas anteriormente de forma distinta, aunque también puede ser considerado como una nueva forma de relación del hombre con el ambiente y de vivir entonces el lugar.
La perspectiva del lugar desde los mayores (geronscope) se inserta dentro de un debate teórico postcolonial actual que replantea los cimientos mismos culturales del marco espacio-temporal y encuentra vínculos con otras generaciones (en los jóvenes), así como con otras visiones culturales, hasta ahora marginadas. El lugar pasa a entenderse como el resultado de la interacción del ambiente y de los imaginarios. Sirve por un lado en lo concreto como garantía de la calidad de vida para la gerontología actual pero también por otro lado desde una perspectiva más global permite una redefinición social de un lugar que se relativiza y se fluidifica, adaptándose mejor a los retos ante la diversidad y las re-simbolizaciones de nuestras sociedades contemporáneas. El lugar consigue salir de los límites de la zona construida de confort demostrando toda su infinidad creativa y potencial para el hombre.
Un ambiente garante de la calidad de vida
El paso de la consideración en gerontología de la interacción de la persona mayor con el ambiente ha permitido desde el punto de vista práctico por un lado devolver el protagonismo a los mayores respecto de su espacio y devolver la dignidad a poder mantener su propia autonomía pero también desde una perspectiva más teórica y de largo alcance, al reconocer el papel de los imaginarios establecidos sobre la experiencia vivida, resituando los límites mismos del ambiente hacia un nuevo campo más subjetivo y complejo.
La consideración de los espacios de los mayores implica desde el punto de vista social una amplia logística apoyada en una redefinición del lugar respecto del espacio social. La perspectiva de un espacio concebido desde el imaginario y por lo tanto subjetivo e individual puede topar con los intereses del otro y obliga a redefinir los principios básicos de encuentro entorno al espacio (como construcción social y cultural). En el caso de la gerontología la aplicación de ese ambiente-refugio se establece a escala más local. En el hogar encontramos la ventaja de poder salvaguardar (Rowles, 2005) tanto la dimensión del imaginario basado en el recuerdo y que permite la garantía de una calidad de vida a partir del cotidiano sin por ello interferir con los usos más generales espaciales del resto (Milligan, 2016). El espacio cotidiano define un lugar vivido que sirve de referente espacial, pero a la vez temporal para la persona mayor. Ese ambiente local obliga a una interacción asumible para la persona mayor que le garantiza justamente su autonomía, una reconstrucción de su zona de confort desde los imaginarios. La relación psicológica ambiente-libertad representa un estímulo para la persona mayor y a su vez una obligación en realizar un esfuerzo que resulta saludable en su calidad de vida (salud), sin descuidar también en el beneficio económico colectivo al no tener que depender tanto de servicios externos (públicos o privados).
El lugar se establece en un mundo en el cual cada elemento estimula unos recuerdos y unos imaginarios que canalizan el esfuerzo en rutinas cotidianas: desde el levantarse, vestirse, ordenar, desayunar, salir a comprar el pan y la prensa, hasta el cerrar la puerta para ir a dormir. Las tareas rutinarias permiten a la mente y al cuerpo mantenerse activos, pero sobre todo hacen sentir a la persona mayor viva, autónoma y sobre todo útil (entendido como que no se siente un “lastre” para los demás). Curiosamente los cotidianos que a veces se critican en otras edades como una forma de reduccionismo social de las potencialidades reales del espacio se convierten para los mayores en un refugio que garantiza por el contrario su libertad. El lugar para los mayores lejos de ser un cotidiano de inercia se convierte en una forma de interacción de sus imaginarios basados en los recuerdos, respecto de la dimensión más física del ambiente. En ese sentido el lugar cotidiano (geronspace) lejos de ser un encarcelamiento mental pasa por el contrario a convertirse en un nuevo acercamiento al lugar vivido (si consideramos que es una nueva representación) o bien re-vivido (si consideramos que es el mismo espacio físico reinterpretado).
Tal como comprobado en los testimonios, el proceso de adaptación a esta nueva forma de entender el espacio y más concretamente el lugar y el cotidiano, es un aprendizaje que puede pasar de ser traumático al no querer asumir las limitaciones, hasta ser una fácil transición hacia un mundo donde los imaginarios permiten modelar nuestro propio lugar sin impedimentos físicos. El descubrimiento de la experiencia vivida permite descubrir en los mayores una dimensión infinita en el lugar finito que resulta liberador cuando se asume y que aporta claves que debieran ser extrapolables para redefinir socialmente nuestras relaciones contemporáneas con el espacio.
La perspectiva del espacio desde los mayores ya no individualmente sino colectivamente en ese sentido puede entenderse casi como una filosofía de vida o acercamiento cultural propio que replantea los cimientos de nuestra relación individual pero también social con el lugar (entendido como coordenada socio-temporal). Si bien hemos centrado el análisis en la dimensión espacial del lugar, cabe mencionar que la transformación de la dimensión temporal en los mayores es igual de trascendente. La concienciación del tiempo restante conlleva a una revalorización del instante, en la lógica más común de pensar que tal vez ese sea el último día, lo cual refuerza la visión de infinidad del instante. Por lo tanto, cuando hablamos de la inmensidad del lugar, no sólo nos referimos a la dimensión infinita del espacio, sino en correlación directa con la dimensión también infinita del instante. Esta perspectiva ante la vida es la que hemos definido como geronscope y puede considerarse de largo alcance puesto que no sólo permite alivianar el camino de adaptación para las personas mayores, sino que aporta también una experiencia transmitida por nuestros mayores que permite revisar y aportar ante la complejidad actual.
La infinidad del lugar
Más allá de la investigación concreta que ha permitido ver la relevancia del ambiente para los mayores en un corto y largo alcance en el desarrollo de la gerontología actual, el asentamiento de la prioridad de los imaginarios, así como la consideración de la infinidad del lugar aporta una respuesta experimentada clara en el debate sobre la complejidad en nuestras sociedades.
Cuesta asumir aún que los recuerdos y lugares de los mayores lejos de la idea de repliegue signifique por el contrario una apertura conceptual hacia un lugar infinito del cual tenemos todos muchos que aprender. La visión del lugar desde los mayores representa el equivalente para el espacio, como lo es el salto de la geometría euclidiana a la geometría fractal. La consideración del lugar como una complejidad infinita de imaginarios permite romper con las limitaciones normadas espaciales sociales actuales y abre el debate hacia una interpretación infinita y creativa del espacio. Esa nueva perspectiva que borra los límites entre sujeto-objeto, racional-imaginario, límite-infinito no sólo se convierte en una adaptación psicológica para la persona mayor en su proceso de adaptación ante las nuevas realidades de su edad, sino que a su vez es una excelente guía para poder interpretar de forma mucho más creativa y experimental las realidades de las sociedades contemporáneas que ya no se ajustan a las definiciones aún usadas entorno del espacio, del ambiente y del lugar.
En un mundo donde la ficción, el metaverso y lo virtual adquieren más relevancia, la realidad científica aún basada en un sustento racional y empírico pierde su razón de ser en la explicación de muchos de los procesos sociales contemporáneos. En ese contexto la perspectiva de los mayores lejos de verse como una aproximación conservadora anclada en el pasado, encuentra justamente a partir de la prioridad en la experimentación vivencial, un punto de diálogo con las nuevas generaciones y un nuevo reencuentro con su consideración con la visión científica, saliendo del falso debate de dualidad antagónica razón-sujeto.
Los lugares entendidos como imaginarios fluidos son fugaces y efímeros, pero a su vez se convierten en los cimientos de nuestros referentes. Los lugares actuales no son ya considerados por su estabilidad sino por el contrario por su maleabilidad o versatilidad. En este contexto los imaginarios de los mayores permiten establecer unos lugares que son la garantía para una autonomía socialmente aceptada en la actualidad (hace unos años era entendido como un abandono de funciones). En un sentido más amplio los imaginarios deberían servir como antesala para una revolución para el resto de la sociedad al poder considerar el lugar como un referente infinito, sin ningún tipo de limitación a nivel individual y obligando a replantear los puntos de encuentro comunes desde su universalidad.
La mirada sobre el espacio de la gente mayor, aunque parezca una paradoja abre la posibilidad de la consideración social de un lugar universal, basado en la confluencia entre la dignidad del individuo y el respeto al prójimo. El conseguir congeniar ambos aspectos sería en principio una contradicción imposible de resolver desde las lógicas actuales, aunque desde la nueva perspectiva compleja encuentra en el lugar, la posibilidad de poder como en el caso de los mayores, el resolver a diferentes escalas las contradicciones aparentes entre lo individual y lo colectivo.
De esta manera la escala local personal y del hogar permite el desarrollo de los imaginarios particulares en una esfera que no interfiera en una escala global donde se fijen sólo los principios universales que garanticen el respecto colectivo. En esa ecuación fluida y compleja encontramos una respuesta frente a nuestras sociedades complejas en apariencia contradictorias o sinsentido cuando son analizadas desde los principios aún tomados desde lo racional. Por el contrario, al considerar unos principios que parten desde los imaginarios no sólo se permite dar sentido al mosaico de lugares, sino que a su vez establece unos principios universales como garantía para su comprensión y gestión colectiva. En esa perspectiva el re-vivir el lugar pasa a ser una especie de espejismo respecto del vivir el lugar, o bien una forma de reconocer la validez de la representación o sombra de una realidad. Esta mirada crítica sobre nuestras sociedades contemporáneas lejos de ser genuina encuentra fuertes vínculos desde otras aproximaciones culturales, en las que por ejemplo como vimos con los aborígenes australianos, los sueños son la guía en los relatos de los ancestros para establecer las bases de nuestros imaginarios colectivos. Incluso desde nuestra tradición occidental podemos encontrar también en épocas pasadas como en la Edad media, la importancia de la relevancia de lo simbólico en la explicación social de los hechos. El planteamiento de este debate en el ámbito científico hubiera sido casi impensable hace unas décadas atrás, pero en el marco contemporáneo adquiere un interés creciente, sin por ello caer en el error de pensar en un debilitamiento de la ciencia.
Así, la incorporación activa del ambiente en la gerontología es un buen ejemplo que demuestra la superación de las barreras conceptuales entorno a modelos establecidos, con los consecuentes beneficios en las innovaciones aportadas. Aquello que hace justo unos años era entendido negativamente como un repliegue y el inicio de una demencia para los mayores que debía ser socialmente controlada des del aislamiento ha pasado a convertirse por el contrario en un aliado en el proceso de reconsideración de los imaginarios, como un acompañamiento que garantiza la autonomía y la mejora de la calidad de vida de la persona, a partir, además, del respecto de una dignidad individual universal. De la misma manera, aquellos imaginarios de jóvenes que hoy en día son vistos como irracionales y peligrosos para la salvaguarda de las normas sociales establecidas pueden convertirse en la oportunidad para asimilar el re-aprendizaje del lugar actual entendido como infinidad.
Agradecimientos
A la memoria de Na Tec (Fallecida a los 98 años durante la realización de esta investigación en enero de 2022).
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Resumen curricular del autor
Licenciado en geografia (1996) y Doctor europeo en geografía (2001) en la Universidad de Barcelona. postdoctorado (2002-2004) en geografía cultural realizado en La Sorbonne (Paris IV, Francia). Experiencia internacional docente de pregrado y postgrado —master y doctorado— (España —en la UB y UIB—, Francia —Paris IV, Pau, Nantes y Rouen—, Argentina —Universidades nacionales del Sur-Bahía Blanca, La Pampa-Santa rosa, Cuyo-Mendoza, Tucumán, Patagonia Austral-Río Gallegos, Magisterio Jujuy, y en Chile (Un. de Concepción); de investigación en España —UB—, Canadá —Univ. Laval-, Argentina —UNS Bahía Blanca— y Chile —Un. Concepción— con participación y dirección en diferentes proyectos, publicaciones en revistas, capítulos de libros y libros, así como participación a Congresos nacionales e internacionales, sin olvidar cargos administrativos (director de Depto. y editor revista científica en Chile) y tareas de extensión con la comunidad, por un periodo desde 1996. Esta trayectoria ha sido certificada por acreditaciones como profesor ayudante doctor y profesor titular por ANECA (2011) y como profesor lector y profesor agregado por AQU (2012). 4 Quinquenios de docencia y 2 sexenios reconocidos por ANECA.En la actualidad, es profesor titular en la Universidad de las Islas Baleares y ha sido Vicedecano y Jefe de estudios (2016-2020). Sus líneas de investigación se centran en temas de geografía cultural, estudios rurales y urbanismo. Miembro y coordinador del grupo de Géographies culturelles del CNGF (Comité National des Géographes Français) del 2017 al 2021 y miembro del grupo de investigación de la Maison de la recherche (CNRS-Sorbonne) ENeC (Espaces, Nature et Culture) de 2018 a 2020 y en el Grupo Médiations (Sorbonne Université) (2020-2024).
Dirección electrónica: Hugo.capella@uib.eu
Figura 1: El espacio liberador
Fuente: elaboración propia.
Figura 2: Los caminos en los mapas de los sueños de los aborígenes australianos
Fuente: https://doongal.com.au/content/dreamtime-map-4
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Tabla 1: Tabla de casos |
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12 testimonios |
Lugar |
Edad/época |
Autonomía |
Hogar |
Imaginario |
|
Joe |
Wisconsin |
95/ ‘90 |
Plena |
Casa |
Nacional |
|
Mathew |
Texas |
80/ ‘90 |
Plena |
Casa |
Global |
|
Angelina |
Jujuy |
70/ ‘20 |
Plena |
2 Casas |
Local |
|
Paulette |
Auvergne |
90/ ‘00 |
Plena |
Casa |
Local |
|
Louis |
Auvergne |
90/ ‘10 |
Plena |
Casa |
Local |
|
Sylvie |
Savoie/Paris/ Auvergne |
70/ ‘20 |
Plena |
3 Casas |
Local |
|
Josep Maria |
Catalunya |
88/ ‘20 |
Plena |
Piso |
Global |
|
Francisca |
Catalunya |
82/ ‘80 |
Parcial |
Residencia |
Local |
|
Jordi |
Catalunya |
70/ ‘20 |
Parcial |
Residencia |
Global |
|
Catalina |
Illes Balears |
96/ ‘20 |
Parcial |
Casa/Resid. día |
Local |
|
Joana |
Illes Balears |
95/ ‘20 |
Plena |
Casa |
Local |
|
Luisa |
Illes Balears |
74/ ‘20 |
Plena |
Casa |
Nacional |
|
Fuente: elaboración propia. |
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Figura 3: El esquema de las tres etapas del proceso continuado de interacción
del individuo con el medio desde una primera etapa de expansión, hasta su estabilización y en la tercera etapa una regresión del espacio vivido a un espacio de vida reducido
Fuente: elaboración propia.
Figura 4: Cuando los imaginarios de la memoria se convierten en el referente-refugio (Sagrada Familia: 1970 y 2020)
Fuente: elaboración propia.
Figura 5: La convivencia de imaginarios
Fuente: https://masdearte.com/escher-y-el-asombro-como-sal-de-la-tierra-palacio-de-gaviria/
Maurits Cornelis Escher (1935). Mano con espejo reflectante, The Escher Foundation Collection. © 2017 The M.C. Escher Company The Netherlands
Artículo recibido el 20 de julio de 2023 y aceptado el 20 de marzo de 2024